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r bregnez del espacio. Había a J de lástima y algo de burla i aquel silbido. Y era él, seguramente era Alejandro. ¡Alejandro, adiós! Ji. bien hubieras hecho en dejarme aquel díi- i bre la peña, que me cogiese una ola, que i tragase el mar! -En este momento acudii- i las lágrimas; llorando se metió en la cama Los días que aún permanecieron en Mar n- los pasaba Celi en compañía de Paula; sr il a alivio frente á la viuda. Al poco tiempo d i- -tar con ella, empezaba á dominarla una ini, j sión de grandeza, de paz, que aquella crif, I j i- parecía irradiar con su dolor sereno, m -j J! v T i ¡P- y Algunas veces sintió tentaciones de revé i- su secreto; pero no: cada cual lloraba lo suyo, allí, frente al picaro mar. D. Ceferino sufrió mucho aquellos días; había calado muy adentro en el alma de su hija; con intuición paternal descubrió el fondo de aquella pena, leyó claramente en el corazón de la niña y tuvo miedo, u n miedo horrible, irreflexivo, como de niño en la oscuridad. Juzgó prudente volver á la calle del Remedio, á la sombra de la catedral, sombra un poco tristona, es verdad; pero ¡tan plácida. Señor, tan sedante para las almas! no aquel mar, que sólo inspiraba inquietudes, recelos; un día, manso, rompiendo humildemente sus olitas en la playa, y al siguiente alborotado, descompue. sto, como poseído por la ira al verse encadenado entre rocas, sin que bastasen sus fuerzas p a r a quebrantarlas. Aquello era un mal ejemplo. La vida es paz, calma de llanura sin fin, que nos serena, que nos estrega á nosotros mismos sin dañosos intermediarios, que son variados disfraces d e una concupiscencia naturalista. Bosques, raderías, costas... ¡tentaciones, no me digan que no; tentaciones! Vamonos, vamonos, el curso empezó ya; vamonos, nena mía, los Mártires te esperan, los discípulos rne aguardan; vamonos, nena mía. Al parar la carretela en la calle del Remedio, vieron á D. J u a n Trujillo que esperaba en el portal á los viajeros. H u b o muchos abrazos; efusión cordial. Araoeli se escabulló; antes de subir á casa quiso entrar por la portadita en la catedral para dar gracias á Dios, sí, gracias mil, por haberle dado el rumbo que diría Alejandro, u n r u m b o seguro que á puerto la conducía. Para ella el puerto eran las Claras. E n t r e tanto, los dos amigotes subieron á casa. Escalera arriba, decía, D. J u a n -Mucho esperaba yo de los aires de mar, pero no tanto; tu Celita viene que da gozo; y muy guapa, diablo, muy guapa, con esos colores de salud. ¡Salud! -dijo Ceferino con profunda amargura. -Salud, si; con los aires de m a r curamos el cuerpo; p e r o buena la hicimos, Juan! Celi viene enferma del alma, y los aires que ahora la curen ¿los conoces tú? FBAXOISCO ACEBAL