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Acordaron la visita para la tarde. Alejandro, queya había ido á bordo, mandó una lancha de tres remeros por banda. Volaron por la mar, que estaba muy rizada. Araceli metía la mano en el agua; su padre la reñía porque el oleaje salpicaba, pero ella era una nifia que con aquellos aires de rriar se había vuelto un poco desobediente. Con la mano mojada en salmuera, de cuando en cuando refrigeraba su frente, que ardía. Cosa singular: con aquella brisa tan húmeda, tan frescachona, ella como una brasa. Llegaron al pie de la escala, y Alejandro bajó á darle la mano. Aquella era su casa, su palacio; cosa más bonita! ¡Y qué lujo, cielo santo! Lo que Juan de Dios decía: Apuesto yo á que ni el barco del rey es más majo. Todos se entretuvieron viendo los mil rincones, departamentos y escondrijos que tiene un buque de la importancia del San Fernando: en las máquinas emplearon cerca de una hOra. Todos se iban rezagando por unos ó por otros lados, según las aficiones de cada cual. Sólo la niña de Orbón seguía fiel al guía y atenta á las explicaciones que le daba de aquel monstruo de los mares. Cuando llegaron al camarote del piloto, estaban los dos solos. Entraron sin vacilaciones; Araceli puso allí el pie como en un santuario; había algo de devoción en aquello. En aquel cuartín, ¡cuántas horas de soledad! Qué trato tan asiduo con las memorias de los que en tierra quedaran! Allí encerrado, en medio del Atlántico, ¡qué evocación tan intensa de los recuerdos! y todo allí tan cuco: la litera, el palanganero, tocador y escritorio en una pieza, la ventanita á flor de agua; hasta el ambientetibio, algo perfumado, oliendo á resina. -Perdone usted que todo lo toque y todo lo curiosee; me parece que voy á romper algo; se necesita costumbre para rebullirse aquí. ¡Qué camita! ¿Dormirá usted todo encogido? Este espejo es una monada. ¡Qaé pelos me ha puesto el viento! Y aquí un poquitín de biblioteca; y aquí en este marco tan remono... ¿Dé quién es este retrato? -Ese de mi novia. ¿De su... En este instante entró un camarero en busca de Alejandro; cuestión de un instante le llamaba el capitán. -Espéreme usted aquí, Ceuta. -Dice usted que de su Y es guapa. -Muy guapa. Una inglesita que conocí en Liverpool; se parece á usted en lo lista, en lo pico de oro, en lo marisabidilla. Hace un año que no la veo. ¿Le gusta á usted? ¡Si usted la viera! Muy sosona, pero un ángel; ya mi madre lo sabe; en cuanto ascienda me caso. Oelita, espéreme usted aquí. Salió corriendo. Celi quedó con el retrato entre las manos, y por un instante tuvo intención de tirarlo afuera; si és el original, va al agua. Colgó el marquitó en su sitio y se dejó caer en el único asiento que en el camarote había. Al volver Alejandro la halló pálida, descompuesta. -No es nada, nada- le dijo Celitá; -vamonos á tierra; llame usted á papá. ¡Ay, ay! dijo el piloto- -usted se ha mareado; sí, sí; ¡á tierra, á tierra! vn Al pisar tierra firme la de Orbón, le pareció dejar tras sí toda su vida. Volvió la vista al mar; en el fondo estaba ya, arrojado comO cadáver, con un plomo á los pies, su amor, el amor de su alma. Al llegar á casa, Vicenta salió á la puerta y preguntó por Alejandro; le contestaron que había quedado en el vapor, lo cual bastó para comprender que su hijo marchaba, como siempre, sin; despedirla. -Le falta valor- -dijo la madre á Celi; ¡es tan buenazo, con un corazón tan hermoso, Celita, tan hermoso! ¡Cuánto te quería, niña, cuánto! Como otra hermana, lo mismo. En la escalera, Araceli se despidió hasta mañana de los Surruoas; aquella noche que no la esperasen; no bajaba, porque aún sentía mareo; se acostaría sin cenar. Juan de Dios rompió á reir. ¡Esto es lo más grande que yo he visto, corcho! Mira la pilota, Rufo; la pilotina que se marea. Se acostó para conseguir quedarse sola y dar desahogo á su pena. Esta era honda; á la superficie, nada, ni lágrimas, ni suspiros. En altas horas, insomne como estaba, oyó resonar allá lejos un quejido prolongado, que empezó bronco y acabó estridente; otra vez, más largo, mucho más agudo; aún otra vez, con su cadencia quejumbrosa. Era la sirena del San Fernando, que zarpaba. Quizás fuese el mismo Alejandro, que así se despedía de los suyos. Se tiró dé la cama y abrió el balcón. No veía nada; recordó la noche de su llegada á Marines. Con la vista recorrió ansiosamente la inmensidad negra; ¡nada, nada; Un momento le pareció alcanzar el centelleo de una lucecilla; nada, no había luz ninguna. Tuvo ganas de llorar; quería que las lágrimas acudiesen, pero las picaras no acudían. Y vuelta á sondear en la noche; ya iba á volver al lecho, pojque á ella qué le importaba luz más ó menos, cuando oyó mucho más lejos la sirena otra vez, rasgando con su nota seca la lo