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4 t 4 í! I j 1 I I tierra. J u a n de Dios nadaba aún mar afuera. Alejandro le llamó, obligándole á salir; le vio entonces Araceli, bronceado, reluciendo al sol; aquello era salud, era fuerza, algo que para la niña de la calle del Remedio parecía la revelación de una vida libre y candorosa á la vez; aquel muchachín trajo á su mesnoria los angelotes que sostenían grandes lámparas de bronce allá en la catedral, y aun viéndole sin alas se deleitó en el rapazSi aquello era pecar, ella pecaba mortalmente. Pero se resistía á creer que aquello fuese u n pecado; de ser, sería lo otro lo del abrazo. ¡Ayl aquéllo si, sí. Y es el caso que cuando ella le abrazó, era el miedo, el que impulsaba; ni se dio cuenta de lo que hacía; pero después, ya á solas en su casa, volvió á sentir el abrazo de él; aquella impresión no podía apartarla de sí; y á la noche, acodada en el balcón, oyendo abajo las barcarolas del harmonium, se dio á soñar. Ella quería adjudicarse, en el reparto d é l a comedia humana, el papel humilde, pero intere. sante, de mtijer del marino: siempre despidiéndole, siempre esperándole, nunca la felicidad suprema; unas veces ansiando el arribo, otras veces recelando la marcha, y entre la llegada y la salida un día radiante, un día de amor imenso. Y otra vez á esperar; esperar siempre; vivir así el hermoso poema de la esperanza. Y luego sí, eso es, muchos hijos, como los Surrucas; ¡ay! muchos, y todos para el mar, para aquel m a r majestuoso que engrandece las almas, que las purifica, como la de Alejandro; todos, todos al mar, á ganar en él su pan cotidiano, lejos, lejos de la tierra, sin inclinar hacia ella la cerviz; la vida marina habitiia al hombre á mirar alto, á mirar al cielo. ¡Ali, sil Todos al mar, todos menos ella, que esperaría por todos allí, en aquella casita, en la ribera, al borde mismo, sobre la línea indecisa que dibujan las olas con su trazo de espuma, viéndolos ir y volver, marchando sus barcos proa al horizonte, como si fuesen á meterse en el ciel y volviendo arrimaditos al cantil, como fatigados de tanto andar, ebrios de mundo, buscando el apoyo de las paredes para entrar en el puerto, en el hogar tranquilo, y acurrucarse allí, en el regazo manso, tibio, adormeciéndose con las caricias de la ola muerta; y cuando uno fondea otro zarpa, y el que llega trae vaga noticia del que se fué; cruzó con él en alta mar, á foca penóles, según dice J u a n de Dios; con unas banderitas se dijeron; ¡Buenos días; u n beso á madre! y avante, avante esperar, esperar siempre Una voz dulce cortó el ensueño; volvió la cabeza y halló á Paula á su lado. VI Pasó el verano; empezaron á ver el mar con tonos de otoño. Los crepúsculos tomaban un matiz frío, triste, pero que á la de Orbón le producían suave deleite. De Villamayor, ni acordarse; aquello sí que era triste, y de una tristeza monótona que no mueve el alma, sino que la enmohece. Y el San Fernando en dique todavía; por lo cual, el segundo de á bordo continuaba en Marines, solazándose con la vida de familia, por la que tantas veces suspiraba, en la soledad del camarote. -A este hombre- -pensaba Araceli, -en vez de endurecerle el roce del mar, le dio ternuras infantiles Mezcla tal era su encanto; á su papá se lo dijo algunas veces: -Hombres así no los encuentras tú tierra adentro; parece que 6 les pega al alma un poquito de la grandeza del mar; no te rías; los de allá no son asi. E l catedrático reía, en efecto; gozaba al ver á su hija en la- A; expansión de aquella vida t a n á su gusto, de verla revivir; su carita j ya encendida por el sol y el viento marino, su cuerpo más carno T? so, de líneas más onduladas que los mártires de la portada. El mismo curita se lo había dicho una vez; por cierto que Alejandro rió mucho la ocurrencia del eclesiástico, que á ella le ocasionó u n sofocón: Celita, si continúa usted engordando, se nos va á poner? tan fea, que no habrá marino que la quiera. Por iin llegó la noticia de que el San Femando salía otra vez tan runflante á la mar. Alejandro esperaría su paso en Marines; el buque tenía que fondear junto á Ramblada para recoger un centenar de emigrantes, que como estorbo á sus conciudadanos, barreduras d é l a patria, marchaban lejos, á tierras nuevas, ¡á vivir! Araceli los vio pulular por la villa tristones; sintió lástima por ellos; los había casi niños, que iban con sus padres comprando baratijas por los tenduchos de Marines. Algunas madres lloraban; ¡llorar por llorar! U n a m a ñ a n a vieron desde las peñas llegar el San Fernando. Apenas le divisó Araceli, sintió su espíritu conmovido; le pareció que la h u m a r e d a negra que esparcía el. trasatlántieo en su marcha llegaba hasta donde se encontraba ella, envolviéndola como ala de un pajarraco. A punto estuvo de romper á llorar; se dominó, pero por si algo se había transparentado, consideró m u y discreto atribuir su turbación á la pena que le daban los pobrecitos emigrantes. El cura propuso ir en u n bote á ver el San Fernando. Decididamente, sentía nostalgia de los trasatlánticos; u n día se levantaba de ventolera para el caso y trocaba la parroquia por una capellanía flotante; que le dejasen á él de olor á incienso; brea, señor, brea, que es sana.