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NOVELA DE D. FRANCISCO ACEBAL PBIMBE PREMIO DEL CERTAMEN LITERARIO DE BLANCO Y NEGRO ILUSTRACIONES DE MÉNDEZ BRINCA (Conclusión) ESDB el siguiente día, Alejandro gobernó las excursiones qne tanta vida iban dando á la señorita de Villaraavor. También su rostro de niña anémica se matizaba con suave tono rosado; su cuerpecillo de escultura gótica empezó á acusar formas paganas, sus lindos ojuelos se desenvolvían en travesuras encantadoras. D. Ceferino estaba maravillado de los prodigios que en tiempo breve obraba el mar sobre la naturaleza de su hija. Ésta, sólo se refugiaba eti casa las horas indispensables para comer y dormir. Lo más del día se lopasaba en las peñas, en el pico de la Eamblada, en los prados costeros, bañada por el sol, batida por la brisa. Con Alejandro entabló amistad muy entrañable, muy íntima. Marchaban solos por las praderías adelante, sin escrúpulos ni falsos rubores. Juan de Dios los acompañaba siempre, pero alguna vez se rezagaba con sus amigotes de playa. Alejandro y Araceli continuaban bordeando la costa; él narraba sus viajes más accidentados, describía tierras lejanas con mucha animación en el relato; también había episodios trágicos: un naufragio en las costas de Escocia; sabía que Araceli escuchaba con arrobamiento casi místico, y daba rriucho color á los cuadros. Así tardaban en sentirse solos. Entonces él parecía redoblar sus miramientos, sus cortesías, con un porte tan caballeresco, que era para ella lo más gentil que podía pedirse á un hombre Así crecía su coníianza, en él, pareciéndole que el mar había ejercido su acción saludable, no sólo sobre el cuerpo, sino también sóbireel alma de Alejandro. Entre aquellas correrías, fué memorable la de una mañana, en que salieron para pescar sobre unas peñas, aprovechando las horas de marea baja. Iban todos menos Valeriano, que tenía un funeral. Echaron unas calas; picaron bien los sarrianos, y allí estuvieron charla que charla y pesca que pesca, sin ver que la mar subía, quela roca en que pescaban ya era islote apartado unos metros de la costa. Araceli, al volver la vista hacia tierra, dio un grito y por instinto se cogió á Alejandro. Este respondió con una sonrisilla inspiradora de confianza, Juan de Dios con relincho de alegría salvaje, Rufo y Andrés con carcajadas interminables. El susto de la niña crecía viendo la mar que en torno borboritaba, á su parecer embravecida. Una ola reventó en la roca y los salpicó. Entonces fué aquello obra de un instante. Juan de Dios se desnudó, y de cabeza al mar, encomendando el trasporte de su vestimenta á Rufo y Andrés, iue remangándose hasta el muslo, se dispusieron á ir á tierra. Alejandro se remangó también, mandó por delante á sus hermanos para buscar paso firme entre las peñas, cogió á Araceli en alto, los brazos de la niña se anudaron á su cuello, y así los dos muy apretados, llegaron á-