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¿Beethoven? A los ojos de Oliverio lilontoya estaba en u n a categoría casi divina. 35 ra su confidente, el explorador de su alma, el que le ayudaba á vivir, á querer, á olvidar. Toda su vida espiritual estaba subordinada á la inspiración del. músico. E n sus sinfonías encontraba los complejos matices de su alma, sus indecisas transíormaciones sentimentales; el deliquio tierno, la pasión, el odio, la inquietud, el cansancio, la pena intensa, el consuelo inefable, el olvido bienhechor. ¿Beethoven? Nadie le aventaja en hondura lírica. Las almas solitarias, las almas rebeldes que emigran al país del ensueño por asco irrechazable de la realidad, no se ponen al habla con otro músico que no sea Beethoven. A él, mago clemente, acuden en sus horas de tribulatnón, él vierte sobre la cnita ajena el milagroso bálsamo de sus extraños ritmos. Oliverio Montoya escuchaba subyugado el segundo tiempo de la sonata, aquel andante que no se puede oir sin que se le encalabrinen á uno los nervios. E n la unción casi religiosa con que atendía la voz multisonora de los instrumentos, se juntaban dos estímulos: el de la música soberana y el recuerdo de una mujer. También á ella le gustaba esta sonata- -pensó; -también era su ídolo nuestro Beethoven. Una ráfaga de melancolía le sobrecogió. La veía mentalmente, hermosa y huraña, esquivando con displicencia las excusas de él, que imploraba el peixlón de u n agravio involuntario. ¿Por qué se acabó aquéllo? Yo la quería con enfebrecida ternura; puse en aquel amor la fe que se desviaba de las cosas santas y eternas, asocié mi alma á la suya creyendo que mi dicha no sería posible sin su dicha ¿Y ahora? ¿Por qué se deja de amar? Una rima de nuestro bondadoso Oampoamor le atajó en sus reflexiones: Pasa un viento arrebatado, viene amor, y á dos en uno funde Dios; sopla el desamor helado, y vuelve á hacer importuno de uno dos. Oliverio Montoya, retrepado en su butaca, parecía dor mir. Su espíritu se arrebujaba en un manto de recuerde felices, aislándose en las horas pasadas, como si su vida f rigiese por un meridiano imaginario. El procedimiento usual para computar el tiempo le parecía risible y caprichoso. Figurábase en la, plenitud del amor y de la felicidad, en la época lejana en que quisa y le. quisieron, en un presente venturoso é. inacabable. L a casualidad le hizo desviar los ojos, que convergieron á lo alto, c (caran un apoyo para el ensueño de la mente. Aquel impensado movim jo fortuna. Arriba, en uno de los palcos de segunda fila, vio un rostí i u n rostro de m u j e r q u e le solicitaba con la mirada, que le llamaba con vivas instancias, invitándole á un inquebrantable armisticio de amor. He soñado como tú- -parecían decirle aquellos ojos divinos- -y h e pensado en la resurrección de nuestra dicha. Ohverio Montoya no aguardó más. Dejó su silla, y antes de que la orquesta finalizara una fuga de Bach, plantóse de dos zancadas arriba, en el umbral del palco. Ella, de pie y trémula de emoción, le esperaba tras de la cortina de terciopelo. Y nadie sospechó que una sinfonía de Beethoven pudo tener virtud para reconciliar aquellos amores... MAXUKL BUENO DIBUJOS DE MENDE BRINCA