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IvJLS Í JLCKS L concierto empezaba. Eran cinco los raúsicos: el pianista, un hombre de fornida armazón muscular, y con los ojos t a n a flor del rostro, que no parecía sino que espiaban un descuido del interesado para desertar de las cuencas orbitarias; un violóncelo, por cuyos trastes erraba la distraída mano de, su dueño, tipo desmedrado, ventrudo, calvo, que lucía una condecoración extranjera en el frac; dos violines que, á cumplirse los pronósticos de los revisteros, debían pasmar el auditorio; y una viola, elemento musical interinamente allegado, y cuya decorosa inferioridad se esperaba fuese disimulada por el efectivo valer del conjunto. El público, libre á la sazón de la avidez curiosa que despierta la fábula escénica, no daba el menor indicio que tradujese afán de escuchar música. íbanse ocupando las localidades con acompasada lentitud, y ni los que ya estaban instalados adentro descubrían la excusable impaciencia del que mira cercano el deleite espiritual, ni los que fuera de la sala aventaban el fastidio con la conversación se dieron prisa por acomodarse en sus asientos. Desde el pasillo que separa las butacas pares de las butacas nones, el señorío donjuanesco asediaba con los gemelos á las damas sentadas en los palcos. Un golpe del pianista sobre el atril y el timbre de llamada coincidieron para anunciar que el concierto empezaba. El taconeo de los rezagados, que se precipitaron á recobrar sus puestos, ahogó las notas preliminares del quinteto. Oliverio Montoya, que había permanecido de pie enfrente de una platea, apresuróse á ocupar su sitio en la primera fila de butacas. Era un muchacho de adusto empaque, erguido sin presunción de altanería, destacándose como distintivo de su rostro unos ojos azules que expresaban alternativamente la crueldad y la ternura, y una boca de labios irónicos. Era fervoroso por la música, y si le hubieran invitado á ser veraz y franco, habría dicho que las demás variedades del arte no le emocionaban. Los viajes, los libros, los deportes en que se recrea la juventud, eran para él algo muy secundario, que rara vez echaba de menos. Lo que le sacudía el espíritu, exaltándole hasta el frenesí, era la música. Le redimía de sus preocupaciones, aliviaba sus tristezas, infundiéndole íntimos y duraderos consuelos. En la trata sentimental los recuerdos andaban enlazados cOn las emociones musicales, y al modo como en ciertos seres un perfume renueva la visión de una mujer, ó un semblante entrevisto al pasar aviva el recuerdo de un sitio, una sonata de Beethoven, una balada de Schumann, ó una sinfonía de Mozart despertaban en Oliverio Montoya toda una serie de remembranzas placenteras ó tristes. Su memoria auditiva era tan aguda como exagerada su cortedad visual. N. L j rimer número del programa, una partitura de Haydn, le dispuso el ánimo para el recogimiento. Era una música casi religiosa, con vagas y ensoñadoras intercadencias; una música qtifc evocaba en el espíritu de Oliverio la visión quimérica de un amor inmaculado. Imaginaba haber amado eíi otro tiempo á una niña todo inocencia, y que transcurridos los años, desilusionado y errante volvía nostálgico de aquel amor cuando ya su adorada habitaba tras de las rejas de un convento. Su espíritu, ocioso y enardecido por la sugestión musical, recreábase en aventuras imaginarias que lé manumitían temporalmente de la esclavitud de la vida. La sinfonía 13. de Schumann, toda languidez y ternura, orientó sus pensamientos en otra dirección. Veía el campo en su primitivo sosiego; aquí un caserío entre verdores que iluminaba el sol, allá un riachuelo de sesgado curso, y más lejos el hato: una muchacha rubia como la Dorotea de Goethe, cuidando de las traviesas ovejas. A la música de Mendelsohn, que se le antojaba incolora porque no le sugería nada, siguió en turno la Appasionata, de Beethoven, la obra maestra de imperecedero recuerdo.