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á descorrer la calima; el cielo azul le daba tonos vigorosos; unas olas mansas llegaban á la peña deshechas en espuma. Esto ya es algo pensó Araceli dejándose llevar de la contemplación. Aquella grandeza la fué invadiendo; cuanto más miraba, mayor hermosura descubría. I os muchachos se metieron descalzos mar adentro: era bajamar. Cargados con un gran pañuelo de mariscos, dieron todos la vuelta hacia casa. Aquellos mariscos le supieron á puras mieles á la de Orbón cuando en la mesa les hincó el diente. Así corrió el tiempo entre las paseatas y el mariscar por las peñas. IJOS Surrucas llegaron á tratar á la de Orbón como una más en la casa; porque era lo que J u a n lie Dios decía: -Otra más marinera no podíamos toparla, ¡corcho! Y si no, dime, RVLÍO: enantes que t e las guillases á estudiar la náutica eu la capital, ¿fuiste tú con Engracia ni con Paula hasta la misma punta de la Eamblaiia? ¡Qué -íí habíais ir, corcho! Del Espigón no pa- ábais. li No me vengas con farolerías; acuéniute lo que ella te dijo ayer, y que ya lo pensaba yo t en mis adentros: Rufo, Eufo, cosa nmy b u e n a es la que estudias; si yo pudiese pilotear, pilotearía. ¡Jií, jú, jú! Celi pilota; la pilotina; Celi dando al timón. ¡Corcho! la m a r salada. S 1 Las noches las pasaban padre é hija en casa de Vicenta; se comentaban las excursiones del día; después, unas tocatas en el harmonium; el rosario por último, y ya todos soñolientos, á la cama. U n a mañana, al bajar Araceli, salieron ios Surrucas á recibirla con grandísima algara bía. Todos á coro lo dieron la noticia; á la noche llega Alejandro f u trasatlántico, el San Fernando, iba á dique por motivo de pequeñas averías, y él, entretanto, también entraba en dique seco para carenarse un poco. Araceli se sintió contagiada por aquella alegría; tanto la habían hablado del piloto, que deseaba verle. Todos en aquella casa parecían estimarle y aun tenerle, según palabras de J u a n de Dios, unas miajas de respeto: Porque mira tú, Celita, lo que puede la mar sobre los hombres: el piloto me da á mí una pizca más de miramiento que el cura. Al sentarse á cenar lo- de Orbón, oyeron á los de abajo en movimiento desusado. Araceli cenó poco y atropelladamente. Estaba inquieta. L e parecía impertinencia colarse de rondón en aquellas expansiones íntimas; pero no podía, no señor, aguardar á la mañana siguiente para conocer al marino; tenía tal curiosidad, que, de acostarse sin saciarla, sería noche en vela. Y además, ¡qué dirían abajo! Hasta desconsiderado parecía el no acudir á preguntar por el viajero. -Vamos, papá; si tú no bajas, yo sí bajo; bajo. Y bajó. Aún estaban cenando; el piloto del San Fernando, al lado de su madre. Se puso en pie, y con extrema cortesía saludó á los de Orbón. Los Surrucas menores celebraron la entrada de sus ve; ino 8 con gri tos de expansión fanriliar: ¡Mírale, Celi! es Alejandro; dice que de aquí á dos viajes, le ponen á m a n d a r el San Fernando. ¡El San Fernando, corcho! Kra u n hombre de mediana estatura, recio, de rubia barba, pero la tez curtida, de un tono tostado; mirada viva, algo insistente, y aire de placidez y de calma en toda su persona. Araceli observó que tenía para su madre consideraciones y delicadezas que eran casi mimos. Habló de su vida del eterno viajero, mostrando alguna fatiga de tan errante destino, columbrándose u n corazón templado para los grandes combates de su oficio, pero también abierto á las dulzuras del hogar. Aquella noche, al dar un beso á su papá, le dijo Araceli: -Prométeme, si llega el caso, que no has de oponerte; aquí, donde me tienes, decidí en mi destino: ó Clarisa, ó mujer de un piloto. Terminará en el número próximo. -m vr- a- ¿j 1