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de unas coplejas, mezclado y revuelto con un airecito de barcarola. -Este será aquel más grandón; creo que le llamaban Eufo. A la mañana siguiente, niuy tempranito, averiguó Araceli que era todo al revés; las coplas eran del clérigo, y er canto litúrgico, del muchachote. IV Con los ojos aún soñolientos, aquella misma mañana abrió el balcón. El mar era una inmensa balsa, lisa, blanquecina, con nn resplandor molesto qiie obligaba áentornar los párpados. Debajo délos balcones, en el nauelle, vio unos lanchones negros y unos barcos sucios, medio arrumbados en un poco de agua fangosa. Abandonó el balcón, sin atreverse á mostrar desencanto ante el catedrático. Estaban desayunándose, cuando un estruendoso pataleo les anunció la irrupción de los Surrucas. Araceli echó al coleto de un sorbo sú vaso de leche. -Ya está ahí la patulea; papá, én marcha á dónde quieran llevarnos. Allá se colaron ufo, Andrés y Juan de. Dios. Daba gozo verlos con sus rostros bronceados, sus cuerpos recios, con la hermosura de una naturaleza sana, vigorosa; Todos querían hablar á un tiempo; se quitaban lá palabra á manotadas. Araceli reía. -Vamos á las peñas. -No; vamos al pico de la Eamblada. -Dice madre que nó, que Eamblada está lejos para la señorita; vamos al Espigón; que vea desde allí las lanchas que andan á la sardina. Y vuelta con la Eamblada, y vuelta con el espigón; allí nadie se entendía. Andrés cortó diciendo: -Hemos de pasar por la iglesia para recoger á Valeriano, y así como así, él manda. En marcha todos. En la iglesia se estancó el geógrafo, pero se agregó el sacerdote á la comitiva para darle autoridad. Anduvieron mucho tiempo saltando sebes, de pradera en pradera, siempre á la orilla del mar. La rapacería marchaba delante corriendo y brincando; Valeriano y Araceli emparejados. ¡Qué clérigo aquél tan distinto álos de allá; qué manera tan ardiente de expresar sus creencias; qué expansión tan saludable, tan limpia de afectación y gazmoñería! Si Araceli, en vez de tanta geografía, hubiese estudiado otras cosas, acaso tildase al santo varón de un poco panteísta; pero allí había fe de veras: la que se aloja á la vez en la cabeza y en el corazón. -Mírela usted- -decía Valeriano refiriéndose al mar- -qué mansita; parece que en la vida rompió un plato. Hipocritilla es, pero yo la quiero, yo la adoro. Por esta banda (y señalaba al mar) el que más y el que menos se acuerda de Dios; por esta otra (y señalaba la tierra) ya las gentes andan más desmemoriadas. Aquí donde usted me ve, también yo fui marinero; todos en casa lo somos. ¿Usted marinero? -Sí, señorita; marinerito fui. Capellán de un trasatlántico; y lo dejé, no por la mar, no por cierto: por la gente que de tierra adentro venía; sin ofender, niña. Me molestaba el señorío; aquello me empalagaba. Mire usted, si esos pataches que habrá visto en el muelle gastasen capellán á bordo, ya me tenía usted á mí, á Valeriano Surruca, de capellán del Juanita ó del Los dos amigos. Cuando vuelva usted por su tierra, aconseje á esas monjas que tanto la quieren un cambio de domicilio; dígales que para mayor apartamiento del mundo funden un monasterio en alta mar, un bergantín- convento; me ofrezco para capellán. Sólo así concibo la vida claustral. Llegaron á unas peñas, y cogiendo de la mano á la forastera, avanzaron hasta el borde del mar. La brisa empezaba á rizarla y