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rapo se un mu In re) carriaoba, y la escalera. A muy poco entró de nuevo Juan de Dios jadeando, precediendo á Valeriano, que venía en sotana y gorrilla redonda. Saludó éste á los recién venidos con nn aire de naturalidad y al mismo tiempo con una efusión tan ingenua, que al padre y á la hija se les metió por el corazón aquel clérigo apenas entró en la sala. H u b o conversación larga; unos y otros se molían á preguntas, los de la costa y los de tierra adentro. Araceli gozaba con aquella muchachería tan expansiva, locuaz, sin asomo de repulgos. No faltaba la nota grave. Una mnjereita como de dieciocho años, que sentada en una butaca contemplaba á los forasteros sin hablar, con aire triste. Cuando desfilaron todos y sólo quedaron Vicenta y el cura, Araceli preguntó á la madre: ¿La que estaba aquí sentada, es de usted también? -Sí, sefiorita; es Paula, la viuda; ya ve Y no dijo más; tampoco Araceli quiso ahondar con nuevas preguntas lo que parecía nn dolor grande. Valeriano puso el caso más en claro: -Viuda, sí; mal cumplía los diecisiete cuando casó con un piloto de la Naviera Cantábrica; á los tres días de la boda salía su vapor, el Laureano, para la Habana. Hace dos años; ni una palabra se volvió á saber del Laureano. Oosas del mar, señorita. Y la señorita sintió un escalofrío, una impresión muy dolorosa, y sin saber por qué se acordó de su portadita, de su Santa Catalina. Cuando se marcharon todos corrió al balcón; era ya noche, y noche oscura; no pudo ver el mar, pero lo adivinaba allí abajo, oía su chapoteo, sus latidos; algo alcanzaba la mirada: una llanura negruzca, palpitante, que parecía reflejar aquí y allá luces invisibles y también sombras volantes, reflejos plateados que se quebraban en graciosas ondulaciones: las fosforescencias, que con la densa oscuridad parecían lucecillas del fondo del mar, espejadas en la superficie. En esta contemplación se hallaba, cuando llegó á sus oídos una melodía como de harmoniíim tocado abajo, en el piso de Vicenta. La tocata era grave, algo como canturía salmódica. Será el cura, pensó ella, que ejercita en casa para tocar luego en la iglesia. Aquello le agradó mucho en tal paraje. A poco cambiaron abajo de tocata y tal vez de tocador. Ahora era el sonsonete