Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
AIRES DE MAR NOVELA DE D. FRANCISCO ACEBAL PRIMEE PEBMIO DBI- CERTAMEN LITEEABIO DE BLANCO Y NEGEO ILUSTRACIONES DK MÉNDEZ BIUNaA CContinuadón) III los pocos días, el convoy que otras veces marchaba camino de las Claras, salió por el lado opuesto de la calle, atravesó la ciudad y desembocó en el campo. El día era ya de los de verano; hubo que cerrar las capotas de la carretela; pero de cuando en cuando, Araceli sacaba la cabecita por la ventanilla p a r a mirar atrás. Allá quedaba Villamayor; aún se destacaban las torres de la catedral envueltas en una bruma blanca y resplandeciente. Ya no eran las torres negras que ella conocía; eran dos torreoitas de plata aéreas, impalpables. ¡Adiós, adiós! -les dijo en broma; broma fué que le arrancó algunas lagrimillas. -Vamos, mimosina- -le dijo su papá; -vas al mundo de tus sueños: al mar; te gustará; es cosa grande. Sin poder dormir, fijo el pensamiento en la idea del Océano, pasó Araceli su primera noche de ferrocarril. Cuando amaneció, una alegría expansiva llenaba s u e s p í r i t u Ya veía mundo; ¡y qué mundo tan bonito! praderas, castañares, montañas, más montañas, picachos y trias picachos. En el rinconcito del vagón, sin que nadie la oyese, rezó, dio gracias al Señor, que á parajes tan encantadores la conducía. Estaba muy avanzada la tarde cuando dejaron el tren, y después de o t r a h o r a de diligencia, llegaron á Marines, término del viaje. Había elegido Oeferino aquel pueblo costero, por vivir en él Vicenta Surruca, la viuda de u n oficial carlista que él había conocido hacía muchos años en la facción, cuando sus arranques de partidario le arrastraron á empresas poco guerreras, pero no exentas de peligros. So olvidaría nunca aquella noche en que de no haber contado con el auxilio heroico del marido de Vicenta, m e lo trincan los alfonsinos llenos los forros de papelorios, y no tardan en fusilarle más de lo que hubiesen tardado en leer aquellos pliegos. Horas t a n terribles no las olvidaba i rg ifK y P consiguiente, no era hombre tam 1. J H Jáí P p a r a olvidar á la viuda del salvador. 3 J J W S B ¿3 r a concertó el arriendo de u n piso en la casa en ita habitaba. Se replegaría ella con toda su prole piso, ya que D. Ceferino prefería las alturas, le hablar: lo principal era que aquel aire frescaiJfíV- -V J S C S o n d e Dios fuese la salud de la niña, que tan fe t SS bC 4 ¡rf la pintaba su papá en las cartas. La casa estaba léifcf T S I T B I I B W bía otra: sobre el muelle, frente al Cantábrico; íos. vecinos. fronteros eran los ingleses ó los franceses, que no estaba en esto muy segura, y con abrir el balcón ya estaban como si en alta mar viviesen. Cuando íos viajeros subieron escalera arriba, los Surrucas estaban esperándoles ya en ella, en fila, para no estorbar por aquellas angosturas y dejar franco el paso á la señorita delicada. E r a n muchos vastagos; Araceli empezó tres veces á contarlos oua ndo entraron en racimo por la saHta adentro; se confundía, no atinaba con elprincipio ni e l f i n d e áqueha maraña de hijos, y además la movilidad de todos ehos dificultaba la cuenta cabal; los había de m u v diversa edad, de variada traza, pero todos coloradotes, sanos. -Aún faltan, señor; lo mejor falta: Engracia, que parió hace siete días, y Alejandro, que anda la mar. Valeriano, el sacerdote, ahora vendrá; tú, J u a n de Dios, vete á la iglesia y dile que llegó D. Cefernio. I h V-