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mujeres, en el acto dio la orden para que aquel mismo día la madre fuera sacrificada en presencia de su hija Julia, ü s t a después de presenciar el martirio, debía vivir sesenta días para que sintiera todo ese tiempo el dolor, de la nmerte de su madre. Pero la furia de Arpoc ras no se contentó con eso; le pareció tan enorme que ante aquella prueba públiéa, y en su concepto decisiva, no hubieran abjurado sus ideas todos los cristianos, q ie cuantos estaban en las cárceles fueron entregados á los más horribles martirios. A los pocos días sólo quedaba en las prisiones la hermosa Julia, castigada á algo peor que todos sus compañeros de martirio, al dolor de la pérdida de su madre, despedazada ante sus ojos en el circo por los más feroces animales. No se habían cumplido los sesenta días de dolor de Julia, cuando estalló en Sicilia una violenta peste. No respetaba el mal clases ni edades; la mortandad fué tan horrible, que empezaron á dejarse los muertos sin enterrar, y con esto el mal adquirió mía espantosa intensidad. Las familias huían aterradas de aquel lugar maldito, y el temor del contagio llegó al extremo de vencer todos los sentimientos de la naturaleza. Las mismas madres dejaban sin asistencia á sus hijos. El instinto de conservación se sobrepuso á todo. Druza, la hija de Arpocras, fué al fln atacada del terrible mal. Kl cruel pretor sintió por primera vez en su vida el espantoso latigazo del dolor; pero su cobardía era tan grande, que no se atrevía á tocar á Druza, que se conmovía en el lecho. Ya no le quedaban esclavos á quien obligar bajo pena de muerte á que diera! Druza las medicinas. Algunos habían preferido el suplicio í este, otros habían huido. Entonces se le ocurrió publicar i edicto ofreciendo enormes sumas á los que se presentase! su palacio p a r a cuidar á su hija. Nadie acudió. Furioso Arpocras, blasfemaba ya de sus mismos dic- cuando una tarde se presentó ante su vista una mujer je envuelta en humilde túnica, y de rostro demacrado. A pesar de las huellas que habían dejado en sus ojos y en sus mejillas el dolor y las lágrimas, Arpocras la conoció en el momento, y exclamó aterrorizado: ¡Julia! ¿Quién te h a puesto en libertad? -El miedo- -contestó la cristiana; -tus carceleros h a n huido todos, y hace días que estoy libre; hoy he venido porque he sabido que Druza es víctima de la peste. -Entonces, vienes á vengar la muerte de tu nradre gozándote e; i mis torturas, gozando en el dolor do u n padre que ve morir á su hija sin el auxilio de nadie Soy capaz de matarte con mis propias manos. Y desenvainando la espada iba á lanzarse contra Julia, cuando ésta le detuvo con un grito; -No me mates, -dijo; -vengó á cuidar á tu hija, puesto que nadie se atreve á hacerlo. La espada cayó de las manos del pretor, y en su rostro se reflejó u n relámpago de júbilo. -Ya sé- -exclamó rápidamente, -vienes á ganar la suma que he ofrecido. No creas que os un cngaíio: son quinientos dineros de plata, que te daré antes, ahora mismo, para que no desconfíes; pero entra, entra en el cuarto de Druza, ayúdala á moverse en ellecho, acerca á sus labios la copa ie agua, sálvala, si es posible, sin perder u n instante. Julia no contestó; se acercó ál lecho de Druza, besó su frente, y reclinando en su brazo la cabeza. de la moribunda, aplicó á sus labios la copa de oro en que estaba la medicina que un esclavo, más valiente que otros, se había arriesgado á poner en la habitación, sin atreverse á acercarla á la enferma. Arpocras miraba este rasgo de valor de Julia desde la puerta de la estancia sin atreverse á poner u n pie en ella, y prometiéndose á sí mismo doblar la suma ofrecida á aquella joven animosa. Cuando Julia abandonó á Druza aquella tarde, el ánimo abatido de la hija del pretor se había fortalecido. Arpocras esperaba que saliera Julia con dos puñados de monedas de plata en la mano. -Ahí tienes- -la dijo- -más de lo ofrecido; pero Vuelve, vuelve, y además te perdonaré la vida. -Yo no quiero n a d a d i j o Julia. ¡No! Pues entonces, ¿por qué has venido? ¿por qué arriesgas tu existencia? -Porque lo m a n d a mi Dios en pi- ovecho del prójimo. ¿Tu Dios? -preguntó en. el colmo del asombro el pretor; ¿Te manda tu Dios que socorras á la hija del que ha perseguido á sus fieles? i- -A todos los que padecen, sean quienes sean, -interrumpió Julia. Arpocras quedó algunos instantes como espantado, mirando á Julia con los ojos desmesuradanicnte abiertos, y como ella intentara retirarse, lá sujetó por la túnica, y cayendo de rodillas á. sus, pies, exclamó: ¡Ese Dios debe ser el verdadero! E M I L I O SÁNCHEZ. PASTOR DIBUJOS DE MÉNDEZ BRINCA