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LA MÁRTIR VÉ Arpocrsití á fíobeniar la Sicilia, y llevaba t omo principal interés, como único propósito para agradar al César, el de extremar la persecución contra los cristianos. E r a en aquella época muestra o amor á a patria y acto agradable á los dioses refinar la crueldad contra los que seguían la doctrina de Cristo. Arpocras había disparado su flecha contra Sebastián, el Joven militar que incurrió en las iras de í) iocleciano por su fe en el Cristianismo, y juraba (jue comari a en donde él representara al ésar no (piedaría rastro de galileo, y todos habrían de adorar á los verdaderos lioses, bajo cuyos auspicios había llegado Roma á ser la señora del nmndo. Tja noticia de su nombramiento aterró á los cristianos de Sicilia: todos comprendieron que los martirios iban á renovarse y que el torrente de sangre que ya hacía meses regaba la tierra iba á aumentar su caxidal. No tardaron mucho en verse cumplidos estos presentimientos. Arpocras llegó á Siracusa con su liija J) ruza, fanática como él y participando de la crueldad que media doi ena de Césares dementes habían instituí lo romo condición inherente á la dirección de un pueblo. Ya las cárceles de Siíñlia estaban llenas de cristianos que el anterior i) refecto había hecho encerrar, pero cuyos procesos marcliaban con lentitud, y Arpocras iguró su gobierno mandando echar á las fieras á todas las eres y quemando vivos á todos los hombres. 1 espectáculo enardeció al pnei) lo, y comenzaron las de (íias para rpio no faltaran nunca víctimas, ero Arpocras no se contentaba con las penas corporales; ría afia lir á los tormentos algo quo hiriese también el alma mártir; algo que le pudiera causar más daño que los hie, andentes del verdugo y las garras y dientes de las fieras. T Habían sido presas por sospechosas de cristianas una dama noble llamada Claudia y su hija Julia. lau iia era viuda y hermosa todavía; un centurión había querido casarse con ella, pero la viuda se negó á attceder á sus deseos, y aquél en venganza denunt- ió como partidarias de la nueva doctrina á las dos nuijeres. Y éstas fueron las víctimas escogidas por Arpocras para inaugurar sus refinamientos de inhumanidad. Acompañado de su luja Druza y de los funcionarios más elevados de la República, hizo conducir á las vícti mas á su presencia. ¿Eres cristiana? -preguntó á Claudia. -Sí- -contestó con altanería la viuda; -lo somos mi hija y yo; puedes numdar que nos (uiten la vida. -Eso luego- -dijo el pagano. -Antes ijuiero convencerte de tu ignorancia y eguera. Ven acá, Druza. Y cogiendo á su hija de la mano, la colocó en medio de la estancia. -Lo que más qidero en el mundo- -continuó- -es esta mujer. Pues bien; en alta voz proclamo ue vuestro Dios no existe ni tiene poder alguno contra los liombres. Así lo detdaro, y le desafío á (jue me castigue si existe, y á qiie me castigue en lo que nuís quiero: que mate á mi hija, que la inmole á mi incredulidad. Si lo hiciese así, os perdonaría yo la vida convencido de su poder; con que ya podéis rezarle: orad con fe porque mi hija muera en el tiempo breve que falta para que el sol llegue á aquella ventana de esta sala. -Nosotros- -replicó Claudia- -no podemos pedir ni desear la muerte del prójimo. -Porque sabes (pie no puedes conseguirlo- -contestó Arpocras con aire de triunfo; -pero no importa; emplazo á vuestro Dios á que lo haga, si es que existe. A estas palabras siguió un profundo silencio. Los romanos, supersticiosos ante todo, miraban á Druza con intranquilidad mal reprimida, y aunque ninguno creía en el Dios de los cristianos, todos temían que cualquier divinidad, por falsa que fuese, tuviese siempre poder para aniquilar y destruir una criatura. La misma Druza sentía palpitar rápidamente su corazón; por obediencia se sometía á aipiella prueba, pero en el fondo de su alma jiedía á sus y) enates que la defendiesen contra las artes de Cristo, que en venganza de lo que so hacía con sus fieles podía destruirla en aquellos momentos. Los cristianos habían hecho muchos prodigios, y nadie podía asegurar (pie en aquel instante no se obrase otro que le cortara la existencia. Los escasos momentos de la escena parecieron siglos; por fin el sol en su rápida carrera llegó á lanzar su primer rayo por la ventana indicada por Arpocras, y una estruendosa carcajada de burla y alegría resonó en la estancia. Druza, invadida de una ola de alegría como quien escapa de un peligro gi ande, se arrojó gozosa en los brazos (le su padre. Este, después de algunas soeces burlas, tomó su aire solemne, y dirigiéndose á las dos mujeres les dijo; -Ante esta prueba, supongo que iréis á los misterios de Eleusis. -iJanuís! -contestaron la madre y la hija á un tiempo. -Somos cristianas. Arpocras sintió el impul- o del odio y de la ira más violenta; con su propia mano abofeteó el rostro de ambas