Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
existencia: la visita á las Claras. Quince días antes comenzaban los preparativos, se apalabraba el coche, se escogían los jamones más magros p a r a obsequiar á las señoras, y el día convenido, con el alba, salían en una carretela de la calle del Remedio al campo. Las comadres, puestas en acecho por el cascabeleo de las muías, quedaban comentando la partida. ¿Vuelve la niña ó no vuelve? Este año ¿se queda ó no se queda? Mientras tanto, la presunta novicia ya veía, al correr del coche, el panorama sin árboles ni caseríos ni altibajos; una meseta rasa sin más límite que el horizonte. Al ruido, los pajarillos se levantaban por las hazas, entre las mieses ya enverdecidas. Su p a p á dormitaba; J u s t a en el pescante parecía dormir también; hasta el cochero daba cabezadas de soñoliento. Sintiéndose sola en medio de la estepa, camino del Monasterio de las Claras, daba suelta á sus pensamientos que, como si saliesen de u n a jaula, alzaban el vuelo, recreándose en la amplitud de la llanura, surcándola, ávidos de abarcar en u n vuelo el mundo hermoso que pintaban los librotes del señor catedrático. Pero nada, nada: ante tan gran desolación, se metían otra vez en la jaulita, convencidos de que todo aquello aprendido en la calle del Remedio, eran embustes de lo más burdo, pinturas, mentira. L a verdad del mundo era aquélla, la que veían los ojos de la carne, verdad semejante á la que veían los ojos del espíritu: todo árido, seco, sin más que u n leve verdor de primavera fugacísima, así en la tierra como en las almas. Al día siguiente de una de estas visitas, al salir Orbón de su clase, hallóse de manos á boca con Trujillo, que le esperaba paseándose bajo los arcos del patio. -Ven acá, hombre de Dios, hombre del diablo- -dijo éste. El otro, aunque avezado á los desplantes de su amigo, preguntó trémulo: ¿Pasa algo? ¿Araceli? ¿Qué h a de pasar? E l susto que me diste. ¿Qué dices, hombre? habla claro. -Creí que la dejabas; supe muy tempranito que habías tomado las de Villadiego, y por ViUamayor cundió la noticia de que no volvíais de las Claras; es decir, tú sí, ella no. Que se queda monja, Celita monja, Celita clarisa hasta las campanas de esa condenada catedral me parece que repetían el tema. -Vamonos de aquí, Juan; oreo que mis discípulos empiezan á formar corro. Y de. bracero salieron á la calle. Apenas doblaron una esquina, paróse Ceferino frente á Juan, diciéndole: -Tú algo traes embuchado; habla pronto, pronto. J u a n volvió á ensartar su brazo en el de Ceferino, y andando á lento paso le dijo: -Hombres somos; acaben las burlas y empiecen las veras; aquí comienza el doctor y acaba el amigo Paciencia, u n poquito de paciencia. Pues iba diciéndote, que si con las chanzas no me entiendes, es u n deber hablar clarito, aunque duela. Sí, señor; Celi está de mírame y no me toques, para sopitas y buen vino; sí señor, no hay que descuidarse, sí señor; á tiempo estamos. Si es que la crías para eso del monjío, bu. ena está; para entrar allí, cuantas menos carnes y más espíritu, mejor. Pero si ha de ser para el mundo; si el día de m a ñ a n a hemos de buscarle entre tú y yo el novio que tal alhaja necesita, entonces vamos con tiento y sin melindres. Celi tiene el organismo empobrecido; asoma la clorosis, y en cuerpo ruin se ceban unos señores microbios que son como anticipo de gusanos. Conque á defenderse, Ceferino; basta ya de monjas, de canónigos y de obispos. ¡Largo de aquí, largo! á la mar con la niña; que se zambulla en ella, que se tonifique, y después, gorda y fresca, ya hablaremos. Tal como está Celi, próxima á remontar el difícil cabo de los veintiún años, amigo mío, no hay tu tía: ó al mar ó á tierra. Elige. Al embocar Ceferino la calle del Remedio, le pareció que la torre de la catedral estaba borracha; él veía que se bamboleaba. Al subir la escalera de su casa, sentía á cada peldaño un golpe seco en la nuca, como si la torre, en efecto, se desplomase sobre su cabeza; le abrió Justa, sin que él pudiese darse cuenta si tiró ó no tiró del cordón de la campanilla; y al presentarse ante su hija puso tal cara de satisfacción, de inmoderada alegría, que Araceli temblando preguntó: -Papá, papá, mucho tardaste; algo ocurre. ¡Nada, nada! -respondió casi castañeteando con los dedos; -que nos vamos; que yo quiero que tú veas la mar, que te zampes, que te empapes bien en ella, que te sacies mirándola. ¡Grande cosa es la mar! nena mía; nena mía, ¡la mar salada! Continuará en el número fjróximo.