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á ver, niña poi lia, ¿saliste ayer al sol? ¿No? Bien hecho. No, no pierdas de vista la catedral, tan santa como fría, angelín de alfeñique, que esas alitas con que Dios te ha obsequiado se te pudrirán por falta de uso y con la humedad de esta maldita Y marchahca para guíente con otro tema: ¡Ceferino, estoy in ser alcalde de Villama; -qué? P a r a transformar la calle del Remedio en una hermosa vía, lo que se llama una gran arteria. ¿Que hay que echar abnjo la catedral? Pues nbajo con ella; eso es lo que yo quiero; entonces sí que esto será sano, soleado; entonces engoixiaréis qxie será gloria yeros. Ya os ventilaré yo; ya que vosotros no salís al sol, vendré con el sol á vuestra madriguera. Tan regocijadas visitas rompían de cuando en cuando la vida monótona de aquella casa: entrar D. J u a n por ella era inya diría una bocanada llena de frescura, de alegría. Los demás visitantes no aportaban ni un átomo de fuerza vivificadora; todos fiablaban en tono de rezo, con aire plañidero, acomodado á la existencia mortecina de Villamayor. E r a ésta u n apelmazamiento de viviendas en torno do una catedral, cuya sombi- a caía sobre media ciudad por la mañana, se replegaba á medio día, para dejarse caer á la tarde sobre la otra banda, impregnándola de una austeridad que á través de los siglos determinó u n modo de ser, un estado de alma en el poblachón vetusto. La niña de Orbón creció en este ambiente, más tenebroso en la calle del Eemedio con la vecindad del templo. Loa transeúntes eran tan escasos, que Araceli llegó á conocerlos á todos y á servirse de su metódico pasar como de las manecillas de un reloj, que señalan horas, medias, cuartos. Por ejemplo: paso tardo de muías que un labriego conducía á las mieses, hora de levantarse; una vieja que cruzaba y se metía por la ÍPuerta de los Mártires, hora de que su papá marchase á clase; tres ó cuatro canónigos zancajeando uno tras otro, las dos y media. Por procedimiento tan peregrino como el de las horas, señalaba el paso de las estaciones valiéndose d é l a s fiestas de allá dentro. La llegada de los días tz- istes, lluviosos, aquellas mañanas cenicientas en que hasta los, mártires de enfrente parecían tiritar de frío, toda la tristeza inverniza se anunciaba con repique de a, Santiago y áie la. Blanca, las campanas más escandalosas, con mucho pandereteo y misa de pastores, cabalmente cuando los pastores andaban arrecidos. Atisbaba la primaver. i, verdeaban los arbustos en el jardincillo del claustro, volvían las golondrinas á sus nidos de las gárgolas, pues la Blanca y la Santiago enmudecían, y allá la Gorda se encargaba de saludar la llegada de pájaros y flores con campaneo grave, cual si doblase, y de las bóvedas alaajo mucho tender trapos negros, y los del cabildo canta que te canta con voces más cavernosas que nunca, como si el arribo del buen tiempo fuese cosa digna de ser pregonada con t a n congojosos trenos. La primavera se anunciaba, además, con u n suceso de los más sonados en aquella