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i r í í. j j; 5 M I I I I I. I I I 1 I I l e e iiiaI lina de Ja pvdlet U) ue su i Kire, J. Ceteniio Urbon, catedrático de Geografía en el Instituto de Villamayor. La niña, en la soledad de aquella casa, regentaba la cátedra á medias con sn papá, qne ya estaba muy viejo y para ¡oco. Esto era un secreto; y sin einbargo, ¡cosas del diablo! había trascendido á los discípulos, los ctiales ya sabían (pie las notas de quo Orbón se valía en clase paj- a auxiliar sn memoria eran do letra femenijia. Un saber tan firmo daba Vuelo bajo á la fantasía; pero así sus ensueños no eran frivolo aleteo, sino ímpetu sano do correr el mundo, de saciar los ojos do la carne con los panoramas, con los paraísos de que su espíritu estaba ahito; bosques vírgenes, verjeles de ambiente balsámico, riberas azules, y sobre todo el mar, el mar inmenso. ¡Señor, que al entrar un día por la Puerta de los Mártires, en vez de sunnrse en la catedral, hi nneda, lóbrega, hallase de la otra banda el Océano, cuyas olas batiesen el nutro negro, hasta derrumbarle y salpicar con la espnma su balcón! n Araceli no conoció á sn madre; tenía de ella algtín recuerdo, pero tan desvanecido, que más parecía remembranza de otra existencia anterior; era algo que con u n esfuerzo muy violento alcanzalia á ver como esfumado deti- ás de los linderos borrosos que separan la infancia de la edad en que empiezan á almacenarse las impresiones en el desván do la memoria. Pero aun sin haberla conocido columbró la íiterza moral do aquel ser en la atmósfera casera que respiraba; su sombra se cernía sobre el despacho de T) Coferino, sobre el cocin (Jn de Justa, sobre sti mismo gabinete, no obstar. te el mobiliario nuevo, enfundado en cretonas rameadas, aleí; res. Aquello semejaba á una de esas nubes pesadas que da á los objetos tonos macilentos y los envuelve á pleno día en luz crepiiscttlar. INo eran esos recuerdos materiales, casi palpables, que se pegan á las cosas familiares do los que so van, sino el espíritu de austeridad que á todos avasallaba, imperante aún, rigiendo su hogar desde ultratumba con el manso despotismo que empleó en su gobierno cuando vivía la venerable señora. Si las miradas de Araceli se estrellaban contra el murallón frontero, su espíritu se daba también tortísimos encontronazos contra aquella otra pared, que no por lo invisible era menos dura que! a de cal y canto. Así espigó la niña, entre estas lobregueces, mustia, paliducha, como planta que medra con la rancia h u j n e d a d d e los rincones. Dio en parecerse á sus santos vecinos por la delgadez casi quebradiza del cuerpo, por el desdibujo de las curvas, tan rozagantes en hembra sana, y la placidez seráfica abobada del rostro. Tan flaca estaba, que el médico de la casa, I) Juan Trujillo, no la perdía de vista. Con el más fútil pretexto allí estaba D, Juan, alegre y decidor, tín aquella casa todos le querían; desde la muerte de la señora, añadieron al cariño un respeto rayano en devoción; porque D. Ceferino y su bija, en vez de arrojar sobre él todo el poso de aquella muerte como sobre un criminal, sintieron hacia el bonísimo D. Juan nuevos afectos de una dulzura consoladora. Desde el portal, escalera arriba, oían sus gritos; ¡Justa, Justa! Abra usted la puerta de esta mazmorra. Y ya en la sala: ¿A qué vendré yo á esta mansión lóbrega, si mi oficio es asistir á los cuerpos miserables, no á los espíritus puros? Vamos