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AIRES DE MAR NOVELA DE D. FRANCISCO ACEBAL PEIMEK PREMIO DEL CERTAMEN DB BLANCO Y NEGRO ILUSTRACIONES DE MÉNDEZ BEINGA LITERARIO A callejuela en donde- vivía Araceli era de lo más solitario de Villamayor. A un lado casucas bajas muy viejas, pero enjalbegadas, con balconajes verdes. Al otro lado, el muro de la catedral, qué daba á la calle un aire de recogimiento, de misterio, tono tristón. Entre los gviijarros reventaban matas herbosas favorecidas i) or la sombra húmeda del templo, y arriba, entre el paredón y los alares salientes, la raya azul de un cielo castellano. La; Catedral, por otras fachadas, está ricamente: engalanada con portales, ventanas y rosetones; por la calle del Remedio es una pared monótona, sin más rompimiento que tal cual ventanuco, y sin más ornato que una corona de crestería. Sólo una portadita, casi oculta entre dos machones, da un poco de vida al murallón. Araceh tenía, enfrente su balcón saledizo. Por aquella puerta se colaba ella en el templo, sin más que cruzar de un salto la callejuca, de portal á portal. Al abrir las vidrieras de su cuarto, trascendía olor á incienso, melodías de órgano, cantos retumbantes, bocanadas frías, el hálito de la catedral. Aquel murallón era su horizonte cotidiano; cuando ansiaba hundir la mirada en ámbito más espacioso, miraba arriba, acurrucando un poco la cabeza para ver la raya azul. Desde niña se familiarizó con tan menguado panorama, llegando á encariñarse con aquella portadita gótica, la Puerta de los Mártires, que tomó hombre de las efigies que la adornan. Bajólas arquivoltas, tresestatuítas á cada lado son guardianes de la entrada: á la izquierda San Damián, San Proto y San Jenaro, los tres mártires amigos; á la derecha Santa Leocadia, la doncellita toledana, Santa CeciUa, la esposa casta, y Santa Catalina. Unos doseletes guarecen de la intemperie aquellas figuritas flacuchas, alargadas, oprimidas contra el muro, cuyos pies se posan difícilmente sobre las repisas como seres llenos de alma que apenas fijan elpie en la tierra. raceli contemplaba muchas veces á los mártires de Jra; eran sus amigos, casi confidentes, vecinos y compañeros de soledad en la callejuela. Con todos entablaba desde, el balcón diálogos mudos; pero conocer, no conocía más que á Santa Catalina; por eso era la presida, la íntima, á la que dirigíalas confidencias más dehcadas los secretos más hondos. De los otros nada sabía, ni aun el mbre; carecían de atributos ostensibles, y además, el rodar de! siglos y algmra que otra pedrada los desfiguró de. tal modo, e fuera imposible reconocer su personaUdad, ya por sí algo oscura, sin previo estudio de la historia del templo. Pero á Santa Catalina bien la reconocía: era en vano tanto empeño por ocultar modestamente la rueda, atributo de su gloria. Muchas veces leyó su vida, recreándose en la sabiduría, y elocuencia de la hermosa alejandrma. ¡Qué ingenio tan gracioso el suyo, qué santapicardíaante aquel sanedrm de filosofes tiesos, T sobre todo qué pico de oro para darles cien vueltas y catequizarlos! Así, así le gustaban á ella los santos, no los bobalicones, qua se dejaban matar bonitamente por la fe, sin defenderla antes un poquito con discursos y buenas razones. Hasta en su muerte era atractiva la historia de la Santa, con í l eh chorreo de leche pura por las heridas, en vez de chorrear sangre asquerosa. Lo que ella ignoraba era la edad en que Catahna sufrió martirio; en este particular estaba oscuro el Año cristiano. -Sería como yo- ypensaba, -de veintiún años; y tal vez como yo, blanca, pelinegra y ojeruda, aunque como buena egipcia tendería á lo moreno, tez agitanada, ojos relampagueantes; yo al menos así me figuro á las ribereñas del Nilo. ¡El ívilo. Con este nombre sólo va evocaba sus visiones favoritas; las tierras nuevas, porque. Araceli era de naturaleza