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Q MOR ACE poco más de u a año le visité por última vez en su casa, y como notaraien mis ojos la tristeza mal disimulada que me producía contemplarle tan rendido de cuerpo por los años, aunque conservase la perpetua juventud del espíritu, Ko vuelva usted más por aquí m e dijo con aquella voz afectuosa que le atraía las almas. No vuelva usted m á s por aquí; no quiero que padezca usted la amargura de ver morir á un viejo Y sus manos temblonas estrecharon la mía; y conteniendo yo las lágrimas, y él mirándome para darme valor, nos despedimos. Antes de cerrar la puerta de su despacho, volví á contemplarle hundido en su butaca, con la cabeza echada hacia atrás y los ojos cerrados como para dormir. Los reflejos de una estufa de gas colocada delante de Campoamor llenaban la habitación de luz rojiza, y en aquel tono dé incendio se destacaba la hermosa cabeza blanca del poeta, dentro de la cual tan luminosos incendios han estalla do, y que doblada por la muerte, descansa hoy más blanca que nunca, como montón de ceniza que se apaga y se enfría en lo obscuro. Salí de casa de Campoamor, y ya en la calle proporcioné á los transeúntes que por azar me miraran, el espectáculo, sjempre curioso y ridículo siempre, de un hombre que llora. ¡Adiós, adiós! decía según iban saliendo mis lágrimas Pero harto he hablado de mí, de mi dolor y de ellas; quiero recordar al gran poeta de la juventud, de los amores, de las mujeres; al que convertía en miel las amarguras del pesimismo transformaba en sonrisas las terribles advertencias del Kempis; al Campoamor, en fin, tan a m a n t e de la vida y tan lleno de caridad con losjhombres, que después de haber sumergido su poderoso espíritu en lo más desconsolado de la filosofía, inventó la palabra dolara, afeminando el sufrimiento para que no nos asustara demasiado éste que nos acompaña en la existencia. ¡Cuénteme usted cosas! Tal era su frase favorita. Gran explorador de corazones, quería saber todo lo que pasaba en esa viscera. Sentimieirtos, ideas, cosas, eso constituía su regalo. Las bellezas del campo, tan amadas por otros poetas, á él no le producían más que pasajero efecto. Cien veces me repitió que el sitio que más le gustaba era el que no había visto nunca. El hombre; mejor dicho. Dios y el hombre; mejor aún, Dios, el hombre y la mujer, el hombre para adivinar á Dios y la mujer para comprender al hombre: he ahí todo su mundo, ¡y qué inmenso! todo su amor, todo su entusiasmo. Nada de bosques, montañas ó pensiles, ni el m a r siquiera; despreciaba el escenario, aburríanle las descripciones; el hombre, siempre el hombre; el personaje, sus afectos, sus sueños, sus caídas, sus triunfos; cosas, cosas de las almas, y almas de las cosas nada más. Cierto que hablaba alguna vez con entusiasmo de su finca de iS Iatamoros, pero no por la hermosura de aquellos paisajes, sino por la pasión que hay en los ojos de las mujeres levantinas, y cierto también que solía pasear en Madrid por el Ketiro, pero no enamorado de las frondas, sino curioso de los encuentros. Del encuentro de una pareja de novios que huían asustados, del encuentro de una mujer hermosa que había conocido de niña, y del encuentro de un pareado que escribir en el puño de la camisa. Y si en el Retiro hubiese arroyos murmuradores, que no los hay, por Campoamor habrían podido seguir murmurando todo lo que les diera la gana; el gran poeta odiaba á los arroyos y á BUSTO HECHO POK QUEROL