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donde asoman envidias de tus ójós que parecen estrellas, siendo envidias; pero no la manzana. ¡Yo la quiero! -con voz estremecida por el llanto Eva le respondió. -Ni sol, n i l u n a ni estrellas envidiosas me apetecen; sólo ese fruto quiero, esposo mío. ¡Cuan infeliz nací de tn costilla: un capricho que tengo me lo niegas! -Adán la contemplaba vacilante, y Aprieta- -le decía la serpiente, -rebose el llanto de tus limpios ojos como suele el rocío de las flores. ¡Infelice dé mí! -siguió diciendo nuestra madre común. ¡Suelta las lágrimas! repetía el reptil; y entonces Eva, sepultando la faz entre las manos, -eclipses tiene el sol de haberlo visto- ¡Cese, pues, vuestra imbécil algarada; arrojad las caretas y antifaces de plebeyo cartón ó noble raso; termine, ese ridículo desfije; en el gran Carnaval de las pasiones sólo triunfa lá máscara de Eva, el antifaz qué con sus manos teje la mujer que desea, pide y llora, la careta del fruto prohibido, la primitiva máscara, la eterna! -Así dijo Pierrot; m a s de repente, con la diestra oprimiéndose el costado, ¡Guardias, guardias! -gritó desfalíecido- -conducidme á la casa de Socorro! ¿Qué le sucede? -un guardia interrogóle. -Que estoy, enfermo por desdicha mía, y á lo que creo comprender, muy grave. ¿Pero qué es lo que siente? ¡Que hablo en Los guardias se miraron de reojo, verso! rompió en sollozos; el Edén cubrióse de opacas nubes mientras E v a tuvo entre ambas manos- escondido el rostro. JS O pudo más Adán, ni ¿quién podría? Arrancó el fruto, presintiendo el rayo, al p a r que la serpiente m u r m u r a b a con envidioso silbo: ¡En mala hora te vine á doctrinar desde este tronco, pues sabes más que yo, h e r m a n a Eva! Al esconder el rostro con las manos has inventado la primera máscara. Adán le entregó el fruto; descubrióse E v a ya sonriente, y lo comieron á mordiscón, y desde aquella broma, tristes andamos todos por el mundo. como diciendo: No le salva Lepe y al vecino hospital se lo llevaron... ¡Los ripios le roían las entrañas! Pierrot, amigo mío, esa conciencia que te postró en el lecho fementido del instituto bienhechor, merece inscripciones en mármoles y bronces, doradas plumas, flores naturales, y hasta las mismas palmas de Academo! ¡Cuántos poetas hoy ripian á chorro, y no van á la casa dé Socorro! J O S É DE ROUKE DIBUJOS DE VAREr. A Y MÉNDEZ BRINGA