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5i7o I9oI tó M Tfl 7l cn 7 eT 7 to de fenco giío MMMm. vmv 6. EL ARTE DE BAILAR BIEN pÁY que confesarlo, n u e s t r a prosaica época conteniporáuea, que lo es de tantos danzantes, resulta una negación respecto á la danza. Si el hada encorsetada y barroca del minué, cubierta de encajes polvos de arroz, acostumbrada a l respeto religioso de sus partidarios, viera lo que hoy sucede, volvería á hundirse en su bombonera esmaltada por AVattean. Hoy se baila mucho, se baila en todas partes, pero se baila muy mal. No huelgan, pues, media docena de reglas ahora que se presienten cercanas las sartas d e perlas de los valses carnavalescos, de esas noches qífé no hay mortal que no tenga anotadas en f las páginas blancas de su juventud. Al parecer, nada más fácil que sacar á bailar á una señorita. Co a cogerla de una mano y ceñirla el talle, asunto concluido. Eso hacen muchos osados, lanzándose de cualquier manera entre los que bailan, introduciendo la confusión con su marcha loca, como aquel cañón terrible de la novela de Víctor Hugo El noventa y fres, desprendido de sus amarras y balanceado por los vaivenes del buque. Aquí arriman mi pisotón; allí sacan un ojo con el brazo, convertido en un palo; allá sacuden u n cachete al dar una vuelta; y á todo esto, la parejas sudando en poder de tal molinillo, y haciendo la triste figura como una ninfa que se llevara un ogro. Nada más sencillo que moverse con elegancia y armonía. He aquí la actitud debida; el brazo izquierdo del caballero debe de estar bastante extendido, para imprimir al brazo derecho de la dama las diferentes direcciones del vals, y el hombro dere cho de aquél no debe dejar de permanecer constantemente perpendicular al izquierdo de ésta. Así colocados, se evitan los encontronazos qué los reclutas no saben impedir. Los hombres deben de tener el sombrero en la mano con que estrechan la de su compañera, ó sea en la izquierda. Claro es que tal sombrero debe de ser forzosamente un clac, porque el de uso común hace feo, llévese como se lleve, sobre el peligro de convertirse á cada vuelta en u n tambor moruno, con el riesgo de que le toquen en la copa ó de que el desmanotado imprescindible en todos los salones meta dentro su p u ñ o y el de su compañera y cargue con él como un trofeo. E n los rigodones se defiende mejor la chistera, jio siendo le mal gusto dejarla sobre u n asiento. Sólo que también entonces se halla expuesta á convertirse en una tortilla á las finas hierbas... ó en un improvisado clac. ¡Oh desdichada y sonora y rutilante gabina! Conocida ya la actitud dé los bailarines, no huelgan ciertas máximas de exquisita corrección. E n el vals, la señora es la que debe de rogar al caballero el descanso. Esta es regla universal, salvo en el Brasil, en que es él e l q u e lo propone. La mujer no debe de mirar nunca al hoínbre á la cara ni llevar los ojos bajos, sino fijarlos con naturalidad en, cuantos puntos, se le presentan al girar. Conviene evitar lo mismo la gazmoñería que el descaro. Si el valsador, es tímido, no está mal visto que ella comience la conversación. A veces niía joven, en el rigodón, habla con el bailador que tiene á sti lado, y que es el de la otra pareja, y no con el suyo. E s un acto incoj- rectísimo. E. n cambio no lo es (jla vida es una paradoja! el escurrirse de la reunión sin despedirse de nadie. P a r a conducir ál buffet á sií pareja, demostrará el caballero su buena crianza pidiendo permiso á la madre de la jovencita y á ella raism y no- invitándola de hecho como se acostumbra. IIn, detalle inapxeeiabre. Los hombres deben de llevar las dos manos enguantadas, sobre todo para bailar. La mano desnuda puede sudar y manchar el guante y el talle de la dama. Las señoras irán provistas de un carnet para apuntar los bailes que se las pidan, y del abanico tan necesario é importante en la nuijer, su puñal ó su varita de virtudes. Y ahora, el piano preludia tín vals. ¿Bailamos? IJXA IXSTrTUTRIZ