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Alguna vez, en sus soledades, se acordaba de Pekín y suspiraba, pero sus amos queríanle bien, singularmente su señorita; placíanle las costumbres europeas y el cielo azul madrileño, y de contera se pirraba por las españolas. Se llamaba, por ende, afortunado, y vivía contento lejos d e su país. Pero la suerte, mudable siempre, cambió de cuadrante: la esposa del excónsul enfermó de muerte, sucumbiendo al cabo, y el pobre chino comprendió que se quedaba hu 6 rfano. de aquella protección que constituía su escudo; y no es que su señor le tratase mal, no, ¡pero como la señorita! Año y medio cluró el dolor del viudo, incluso la prórroga. Pasados los dieciocho meses, tornó á casarse, y empezó para el asiático un áspero camino ele amargura. ni Un día otro criado volvió á decirle, como en aquel memorable en que se decidió su venida á Europa: La señora te llama. Y entró, no cual entonces, en la alegro habitación de juncos y lacas sobre el golfo luminoso, sino en el gabinete, cargado d e oortlnones de terciopelo que ahogaban, de la segunda esposa del excóusul. ¿Qué m a n d a la señora? balbuceó temblando el chino. -Mira, Pehi- ho, replicó la dama con su altivo aconto, echando una mirada cortante al asiático: siento decirte que si lias de continuar á nuestro servicio, tienes que privarte d e ese traje d e Carnaval, con el que estás llamando la atención de todo el mundo: vestirte á la europea, cortarte la trenza. Por consideración á tu fidelidad no he querido que te transmita la orden el mayordomo del señor, para que parezca que la cosa parte de ti mismo. Con que, ya lo sabes. ¡Que mañana no te vea yo así! Con la muerte en el alma salió de la estancia el chino, pudiendo reprimir á duras penas sus lágrimas. En la servidumbre tenía un amigo intimo, un mozo de comedor. A él fué á descargar sus penas. ¿Sabes por qué es eso? díjole su amigo; porque la señorita es u n a pelona- -y era verdad que habíase comentado entre los criados la escasa cabellera, que sólo consentía un menudo moño, de la imeva señora- -y tiene celos de tu magnífica trenza, de la que siempre está hablando con la doncella. 1 De todas suertes, no había otro remedio B. -4 que obedecer ó marcharse do la casa. Y qué hacer por ahí, á miles do leguas de su país natal, sin otro oficio que el de sirviente, y extinguida en sus dedos su habilidad manual de raza, olvidada su antigua profesión de tejedor de sedas? ¡Cómo se acordó entonces d e su primera señora, tan buena y complaciente, á la espontánea iniciativa de la cual debía la concesión de conservar sus ropas asiáticas! ¡Oh, sí! La noticia del mozo de comedor tenía fundamento. ¡Era envidia á su gruesa trenza negra, el orgullo de su vida! ¡Y esa misma trenza había de desaparecer de su cabeza! Aquella tarde fuese á un comercio de ropas hechas y se compró u n traje, haciendo una sangría en sus modestos ahorros. ¡Ah, si éstos hubieran alí canzado para costearse el viaje! Iercóse también u n sombrero, y al regreso de estas diligencias entró en la peluquería á que le cortasen la trenza. E n el mismo umbral del establecimiento vaciló u n insorara de su amo la revocación de la orden! ¿Para, qué? De ¡útil del paso, ante el absoluto dominio que en el ánimo i i la segunda esposa. Entregó, pues, la adorada trenza al peluquero, que quiso comprársela, y cuando sintió el crujido de las tijeras en el pelo, u n a angustia suprema le invadió el cuerpo y el espíritu. Dos meses después, agravado en una enfermedad nacida de la tristeza, de la nostalgia, que el corazón siente igual bajo todas las pieles de las razas, moría el pobre chino en su cama, con la vista fija en la pared de la cabecera del lecho, en la que se veía colgada en un cuadro y tras de un cristal la famosa trenza, con el mozo de comedor al lado y m u r m u r a n d o al lanzar el último suspiro: ¡Me vuelvo á Pekín! ALFOXSO P É R E Z N I E V A DIBUJOS DE ESTEVAS