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9: fl ¡f mrvev LA TRENZA DEL CHINO I- -La señora te llama, le dijo el criado. j L a cuenta! pensó el pobre chino con tristeza dirigiéndose á las habitaciones de su. ama. La cosa no le cogía de sorpresa. Era mucha suerte la suya. El cónsul Is había librado, con su intervención, de los cincuenta palos á que fué castigado por insultar á un subdito británico; le había tomado luego á su ser- vicio; pero aquella vida tranquila y regalada, tan distinta de la miserable dé los barrios tártaros, no podía continuar. Alguna vez su señor sería trasladado á prestar sus servicios á otra capital, ó regresaría á su patria, y entonces entonces vuelta á la bohemia, al hambre, al arroyo; porque de seguro despediría la servidumbre asiática. Y he aquí que el momento llegaba; que el rumor circulante en el consulado de cambio de jefe, se cumplía. ¡Adelante! replicó desde adentro, á petición del permiso, una voz de mujer. Penetró el chino en la estancia, una alegre habitación de esterillas de junco y muebles de laca, por las abiertas ventanas de la cual entraba la brisa del golfo de Pectchili, y se inclinó respetuosamente ante su ama, sentada en un sillón de bambií. -Pehi- ho; te he mandado llamar para notificarte que dentro de ocho días nos vamos á, España. El resto de la servidumbre queda despedida; pero á ti te tenemos mi esposo y yo en mucha estima, y te proponemos venirte con nosotros á Europa. El chino no esperaba la proposición, y enmudeció aturdido. ¡Expatriarse! ¡Y para siempre! Amargos recuerdos tenía de la capital del Celeste Imperio; ¡pero no volver á ver sus montañas cultivadas hasta las cumbres, que el mismo emperador siembra una vez al año, sus campos de arroz y de té! Por otra parte, ¡perder aquella casa tan paternal, en la. que se le guardaban; tales consideraciones! Y todavía quedaba un obstáculo: sil trenza de pelo, su magnífica trenza que le. caía hasta las pantorrillas, envidia de sus camaradas, y con. la que se consideraba tan orgulloso como el hijo del ciclo con su cetro. De irse, tendría que vestir á la europea, cortarse la trenza. Ya creía sentir el frío de las tijeras. La cónsula, que conocía bien el Celeste Imperio, había previsto el silencio, y sonriendo añadió: -Comprendo tus vacilaciones; pero todo puede arreglarse. Te autorizamos á que continúes vistiendo como aquí. ¡Oonfucio de mi vida! El asiático vio el cielo abierto. ¡Aceptado! A duras penas pudo su ama evitar que el criado le besara las manos, y ocho días después, desde un trasatlántico que se alejaba por el golfo, asomado á una borda, un chino contemplaba la enorme ciudad desvaneciéndose en la distancia. ¡Adiós, Pekín! II La primera impresión del subdito del país de la porcelana al poner el pie en tierra española, no fué muy agradable. Varios golfos del muelle le siguieron, mofándose de su pinta, y un Muérdago le tiró á escondidas de la trenza. Igual hostilidad burlona inicióse en la villa y corte, donde pOr retirarse de la cai- rera se avecindó el cónsul. Compró éste un hotel en el ensanche, y los transeúntes veían con frecuencia tras de la verja del jardín la seca y pintoresca figura del chino, con; su túnica larga verde y roja, sus zapatos sin tacón y su casquete, por bajo del cual caía la soberbia trenza, admiración y envidia de todas las criadas del barrio. Pasada la novedad, cesaron las bromas, aunque no en absoluto alguna que Otra exclamación. Mientras, aprendió Pehi- ho un castellano gutural, y. el conocimiento del idioma acortó las distancias, encontrándose los burlones con que la cara de aceituna de oblíouosy menudos ojos llenos. de malicia sabía devolver las cuchufletas. El panadero habló un día con él y dijo luego al carnicero que el chino era un tío muy simpático; rodó la opinión favorable, y el asiático concluyó por ser amigo de todos los tenderos y porteros comarcanos.