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BAILES DE MASCARAS ARTÍSTICOS uÁNDO se h u b i e r a creído jamás que el Carnaval, el loco payaso ebrio de risa, que tiene cascabeles no sólo en el traje de colorines sino en la sangre, torbellino grotesco que se pasa cuatro dias hinchando esas pompas de jabón irisado que se llaman bromas, cuándo se hubiera sospechado que se dejara domeñar fácilmente, y sin embargo, está vencido por el arte? El arte serio, dulce, suave, lleno de académica gravedad, influido por su espíritu plástico y sobre todo por su amor á la tradición, h a hecho del Carnaval algo muy interesante, que es mi pedazo de historia viva ó de palpitante realidad; lía creado, en suma, los bailes homogéneos, de época y los de costumbres regionales. Uno de los más interesantes entre los primeros es el baile de máscaras Carlos IX, pudiendo escogerse como motivo el casamiento de Enrique de B. prbón, rey de Navarra y jefe de los calvinistas, con Isabel de Válpis, h e r m a n a del monsirca francés. Las invitaciones se hacen en. estilo y letra de la. época, brindando á los convidados á vestir el traje de entonces, ya de católico ó ya de hugonote. ¿Quién no h a oído la ópera de este título y no ha visto saltar á Raoul por mía ventana, salto lírico que se supone de u n piso bajo por la desenvoltura con q u e se acomete sin agarrarse? Dejando á un lado las herejías musicales, en el baile Carlos I X el salón debe adornarse con muebles Enrique II, alumbrándose con cera y disponiéndose el buffet con arreglo á las recetas culinarias del siglo x v i L a danza obligada de esta fiesta es la lenta y majestuosa pavana, con su etiqueta graciosa y distinguida. Este baile es ahora la última palabra de la moda. Tiene, sin embargo, u n rival: el baile Luis X I V realización de un sueño de Watteau, quizás más brillante, en que puede copiarse como escenario aquel nido de amor discreto que se llamó el pequeño Trianón. Los muebles blanco y oro, las grandes lunas con marco dorado, la ola de blondas de las vestiduras, que transformaban á damas y caballeros en cascadas de encajes, son elementos de magnífico efecto. La gaveta y el minué son los aires dé este cuadro. Eecuórdense los personajes históricos que pueden caracterizarse en tal apoteosis de la corte olímpica del rey galante: la Valliére, la Montespan, la Maintenon, Mad- Sevigné, Corneille, Racine, Moliere, Colbert, Conde Turena; y acudiendo al campo de la literatura, los cuatro famosos mosqueteros que ha inmortalizado Dumas padre. E n nuestra historia tenemos tres épocas muy conocidas é igualmente pintorescas: la dé Carlos I, de pleno Renacimiento; la de Felipe IV, con su decoración del real sitio de Aranjuez, y la de Carlos iV, con sus salones rococó. Esto para los opulentos, para los que pueden gastarse el dinero en improvisar un escenario de época. Hay oíros bailes de máscaras más modestos, en que los invitados se hacen sólo una cabeza como dicen nuestros vecinos transpirenaicos. Son de un efecto muy cómico. De garganta arriba, personas distintas de lo que el cuerpo acusa, especie de caricaturas vivas. Como originales de ese exotismo elegante, tan buscado hoy, citaremos dos cuadros: el uno representa u n mercado, de flores en jarrones Pompadour, vistiéndose los invitados de figuras de China; el otro u n mercado de bibelots japoneses, llevando los bailarines las toaletas de Madame Chrysanteme, la popular novela de Lo ti. Los bailes regionales dan al Carnaval un motivo inagotable. Calcúlese el arsenal con que nosotros contamos en las luminosas danzas valencianas, en las melancólicas gallegadas, en las sevillanas graciosas, en las sardanas. Y restan los bailes de niños. ¡Ah, pero en ellos no debe haber nada homogéneo; en sus minués deben de ínezclarse todas las épocas, cómo lo están en sus almitas p u r a s todos los sentimientos nacientes! UNA INSTITUTKIZ