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azucena, fortificándola por el ejemplo de la más casta viudez. La corrupción de la corte espantaba á la condesa, y hasta había momentos en que, recordando á Luis XV, justificaba la revolución y la consideraba castigo divino, merecido y necesario. La fe y el culto supersticioso de aquella mujer no eran la monarquía ni el antiguo régimen, sino la pureza, la religión del armiño que llevaba en su título nobiliario y en la empresa de su blasón. Y al observar cómo el oficial devoraba con la mirada á Ivona, al ver que deslizaba en su oído palabras que la reanimaban instantáneamente, pensó para si: Quiere salvarla. ¿A ella sola? ¿A qué precio? Increíble parece que una idea triunfe del horror que nos domina, al ver abierta la negra boca del no ser, las fauces de la eternidad. Tja condesa, on tan decisivos momentos, olvidando el miedo, sólo pensaba en Ivona ultrajada, mancillada, llevada por el oficial á su pabellón como una mujerzuela, después de que la hubiese arrebatado al patíbulo. Y no cabía duda, la niña aceptaba el trato: quizá su inocencia ignorase las condiciones; pero lo admitía: era vivir, era evitar el amargo trago. Mientras la indignación hervía en el alma de la madre, la hija volvía la cabeza para buscar con sus ojos, antes amortiguados, resplandecientes ahora, suplicantes, agradecidos, al jefe de la escolta, que la dirigía una sonrisa tranquilizadora, de inteligencia Y ya llegaban; todo iba á consumarse; la carreta enqiezaba á abrirse paso difícilmente por entre las oleadas de la multitud que llenaba la plaza, en cuyo centro, siniestra y rígida silueta, se alzaba la guillotina, recogiendo un rayo de sol en su cuchilla de acero Al detenerse la carreta, los soldados, atentos á una orden del oficial, hicieron bajar á la condesa y á Ivona. Quedaron las demás sentenciadas dentro, aguardando su turno: rezando las viejas, la esposa del guerrillero renegando de su suerte y j) idiendo compasión. La condesa advirtió que la llevaban á ella primero y que su hija quedaba como rezagada al pie de la escalera, medio perdida ya entre el gentío. El hielo del espanto, el estremecimiento que la vista del patíbulo habla derramado en sus venas, provocando un sudor frío instantáneo, se convirtieron en una especie de furor silencioso, de desesperada vergüenza. Ya veía los dedos del oficial desordenando los rizos rubios de Ivona, y la imagen sensible, la representación de la afrenta, era más cruel y m á s amarga que la del suplicio. No lo conseguirá decidió con resolución terrible. Acordóse de que por descuido ó transigencia la habían dejado desatadas las manos. Como si quisiese taparse los ojos ó cogerse la frente, hizo un movimiento disimulado y se registró el abundante cabello, que en la cárcel se había vuelto gris. Algo sacó oculto en el hueco de la mano. Y cuando el verdugo se acercó á sostenerla para que subiese los peldaños de la escalerilla, en rápida confidencia le dijo no se sabe qué, deslizándole en la diestra u n puñado de oro. No se sab r á lo que dijo, pero por los resultados se adivina. Sucedió una cosa que al pronto no acertaron á explicarse los que presenciaban la escena tristísima, y en aquellos tiempos ya casi indiferente á fuerza de ser habitual. Y fué que el verdugo, retrocediendo, cogió á la señorita de L Hermine brutalmente por el talle, por donde pudo, y en un segundo la empujó á la escalera, y á empellones la subió á la plataforma. La condesa le ayudaba, se hacía atrás, impulsaba también á su hija y la arrojaba á los brazos del ejecutor de la ley. Hízose tan rápidamente la maniobra, y era tal el oleaje del pueblo, que rugía é insultaba, la confusión en que la escolta se había apelotonado, que cuando el oficial, atónito, se precipitó, quiso intervenir, Ivona caía en la báscula, y la media luna se deslizaba mordiendo el cuello blanco, contraído por el espasmo del terror supremo, que ni gritar permite El verdugo agarró por los mechones largos y rubios la lívida cabeza de la niña, que destilaba sangre, y la presentó á los espectadores. Y la condesa de L Hermine, al acercarse sin resistencia para recibir la misma rhuerte, pensaba con satisfacción heroica: ¡Gracias que pude esconder entre el pelo las monedas! E M I L I A PARDO BAZÁN DinU. IOS DE MÉNDEZ BRINCA