Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
á ejercer el poder en la Colonia, teniendo enfrente á quien así encarna el espíritu de su pueblo. Oecil Ehodes tomó, pues, partido en las filas de los africanders, dsitó muchas veces la casa de la viuda, y con el influjo que en el país le dieron sus inmensas riquezas y su extraordinaria actividad, llegó efectivamente á primer ministro en el Cabo, como africander. Pero la perspicaz mujer nunca tuvo completa confianza en él y se guardó muy bien de ponerle al corriente de todas las mterioridades y resortes del partido. Los hechos posteriores han demostrado la penetración femenma. Cecll Ehodes notó que le habían conocido y cesó en sus visitas. Cayó del puesto de primer ministro y colocóse resueltamente al lado del elemento inglés y trabajó por asegurar el dominio británico en todo el África, por hundir para siempre las aspiraciones de los africanders y por destruir la independencia de sus naturales aliados los boers del Transvaal y del Orange. Porque éstos son también, en realidad, verdaderos africanders, y con los del Cabo juntan en una su aspiración suprema, la extirpación del dominio inglés del África del Sur. De aquí el que los transvaalenses y orangistas, en su lucha épica contra el inmenso poder de Inglaterra hayan confiado siempre en el apoyo de los africanders del Cabo. Que lo han tenido en muchos órdenes, ha sido patente. Los alambres de la Casa Blanca de Capetown llegaban hasta Pretoria. El viejo Krüger y la p erspicaz viuda son buenos amigos, y saben cada uno lo que vale y representa el otro. Pero en toda la primera parte de la guerra, sólo los africanders de los distritos fronterizos al Orange ayudaron con las armas en la mano á sus compañeros del otro lado del río. Ahora es otra cosa. Cuando los ino leses creían agotadas las fuerzas de los boers y concluida la guerra por extenuación del enemigo, la lucha adquiere mas vigor y presenta una nueva fase. El ejército británico es el que está extenuado y en cuadro. No hay ahora fuerzas suficientes para guardar hneas de comunicación extensísimas, para guerrear en territorios inmensos y para mantener guarniciones numerosas en la colonia del Cabo. La ocasión ha tardado en llegar, pero ha llegado. Los boers han podido atravesar otra vez sus fronteras del Sur y del Oeste y penetrar hasta el corazón de un país para ellos amigo Y alia van esos hombres gigantes, moral y físicamente, con sus caballos chicos y su reducida impedimenta bordeando ciudades donde se encierran los destacamentos ingleses, y acampando ellos, los boers, á sus anchas en las llanadas ó en los montes, estrechando manos de amigos que vienen á reforzar sus filas, ó recibiendo elementos de boca y guerra con que el país invadido les brinda. Allá van llevando por vanguardia pequeños pelotones, que á la menor señal de pehgro se encaraman, como suelen, á los altos, y tras de las rocas y los árboles fusilan las patrullas inglesas ó resisten un ataque hasta que el núcleo principal de los compatriotas acuda ó se retire, según convenga. Así han avanzado centenares de kilómetros por un territorio que Inglaterra creía suyo y llevado la alarma á las poblaciones mismas de la costa. ¿Y qué parte habrá tomado en el avance boer y en la actitud de los africanders la mujer del Cabo alma del partido? No lo sé, m sé tampoco ahora qué habrá sido de ella; pero si un cuerpo se levanta y anda y da muestras de vida y de vigor, señal es (sigamos la metáfora) de que el alma no se ha separado del cuerpo. ViCESTE VERA, UN CAMPAMENTO EOE? EN LAS C E R C A N Í A S DE PRETORIA