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JHtÉ i 1 -h- IM i AVANZADA BOER COMBATIENDO EL ALMA DE LOS AFRICANDERS E n una de las calles principales de la Ciudad del Cabo álzase un edificio de tres pisos, tipo perfecto del estilo holandés dól siglo x v i i i L a fachada es blanca y escrupulosamente limpia; persianas verdes cierran constantemente ventanas y balcones; ancha cornisa de piedra con aristas muy salientes forma la crestería allá en lo alto; y una plataforma, amplia y también de piedra, coronada por un varandaje de hierro, se extiende ante el entresuelo, á lo largo de la acera. Todo el edificio tiene en su aspecto algo de singular y misterioso que despierta y atrae la curiosidad de quien por primera vez lo ve. E n efecto, allí hay algo. Allí mora una mujer hermosa y distinguida, alma de todo el movimiento africander en el África del Sur. Hay en Europa quien cree que los africanders deben ser hombres feroces, acaso negros como los zulús, al oir diariamente que tanto temen los ingleses que se levanten en rebeldía ayudando á los boers. Nada de eso. Los africanders son hombres blancos y civilizados. Son los descendientes de europeos, ya nacidos y naturalizados en el África del Sur. Son los que consideran este país como su única y verdadera patria, y cuya aspiración se resume en esta frase: África j ara los africanders Su jefe, su cabeza visible, es J a n Hofmeyr, hombre cauto y astuto; pero el espíritu del partido, quien encarna la idea y ha dado á ésta aliento y vida, es una mujer; la que habita la casa de la fachada blanca y las persianas verdes en la Ciudad del Cabo. E s viuda y de apellido ilustre. Impone con su aire de severa dignidad. Lleva con distinción suma elegantísimo traje de seda negro, y los gruesos pendientes de diamantes y la larguísima cadena de oro, muchas veces arrollada al cuello, que como adornos lleva, harían honor al regalo de un rey. Así recibe en su salón uno ó dos días por semana. El decorado de la estancia está de acuerdo con el atavío de la dueña: rico, sencillo, severo. Allí no hay flores, ni divanes, ni bordados. Todo es estilo holandés del período más rígido y más puro. Allí acuden periódicamente todos los miembros del Parlamento del Cabo pertenecientes al partido africander; allí se preparan las campañas electorales, se discute el acceso á los ministerios del Gobierno de la Colonia, se pesan y miden los derechos y aptitudes de los diversos candidatos. En una palabra, toda la maquinaria del partido africander recibe su movimiento inicial en aquella casa. La hermosa viuda está en constante comunicación con todos los jefes africanders de los distritos rurales; conoce, día por día, el estado de los ánimos y la situación de las cosas, alienta á los unos, contiene á los otros; organiza, concierta y unifica las aspiraciones de todos. De tal modo confían ellos en el patriotismo, en el entusiasmo y en la inteligencia de esta mujer extraordinaria, que sus palabras son órdenes y sus decisiones aceptadas con fe profunda, como las más convenientes y mejores. Cuando Cecil Rhodes tomó parte en las luchas políticas del Cabo, comprendió en seguida que no podría llegar