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Compungiéronse los adversarios y soltaron la espita de sus quejas y rencores. Bebieron abundantísimamente, y á medida que echaban fuera la. carga de su enojo, íbanse acercando interiormente, movidos por el fuego mal apagado dé su amistad, que cual fénix renacía. Por último, acuciados por Pesadumbres y sus graves acompañantes, diéronse el abrazo de paz y concordia que la Iglesia no ha podido conseguir todavía entre los príncipes cristianos. -Con tal que no me hablen de boda -dijo Francisco vertiendo lagrimones como el puño. -A ese punto que no me toquen, ¿eh? -añadió Kusebio riendo como un tonto. -Lo mismo es oir hablar de esa boda, parece que me pican sotarrañas. De madrugada salieron, y entrambos iban con las capas medio caídas, los sombreros hacia el cogote y los chalecos abiertos, resollando como en un horno. No podían ver la campiña cubierta de escarcha, ni allá, á lo lejos, la cumbre de Tudia llena de nieve. El aire glacial les parecía brisa de primavera. -Una cosa es que yo sea tu amigo, y otra que el libertao de tu hijo se lleve á mi zagala. Ahí, digo que uones. ¿Oyes bien? Que nones. -Eso digo yo; ¿tu hija? Kones. Es muy gastosa pa un pobre. -Porque se puede. ¿No te parece que estas condenas paderes van huyendo? Ea, que huyeron ¿ves? Ya no hay calleja, este es el campo. -Espérate siento aquí un regotrijo como si hubiera comido guarrino morriñento. ¿Oyes? Ándale ahíl Ya lo vi, ya lo vi, ¿eh? el vino tinto. Negro, negro del tó, y que pasó de estampía. -Es la verdad. Míralo... el blanco: la fantasma que se pasea por el aire. ¡Dios y qué prisas! ¿Oyes eso? Si no fuera por este zumbió que llevo en la olla, diría que no hay en el mundo quien rebuzne así sino mi burro. Ahora que suelta otra copla, digo que no es él. ¡Como que es el mío! Ese repicapunto tan saleroso con que principia y remata el cante iio lo hace más que un burro, y es de este cura. Pero ¿cómo ha de ser, si á estas horas se está en su cuadra esperando el pieusp miguero que ahora mismamente voy á darle á ese hijo de mis entrañas? -Ea, que Pesadumbres ya nos lo dijo: son cosas de encantos. Francisco, ¡buen año nuevo! -Adiós, Eusebio; ¡buena sementera y mucha salud y hasta otra, si Dios quiere! Aún alboreaba cuando volvieron á juntarse en el Cabo de la calleja que salía hacia el campo. Iban embozados en sus capas, iracundos, temblorosos. -A tu casa iba. Y yo á la tuya. ¿Sabes que ni á mi hija ni al burro encontré en la vivienda? -Hijo y burro me han quitado también. ¡Mal año! ¡Mala hembra la mía ladrón el tuyo! No te acerques, que soy un perro rabioso. -Lobo soy, sediento de sangre. ¡Les voy á desollar! Coge la escopeta y vente conmigo. ¿Adonde iremos? ¡Maldito de mí! -A cazarlos. Aunque se escondan en la sierra de Barcarrota, aunque se hundan en el Guadiana, les meteré un balazo por la frente. ¡A mi hija! ¡Antes á mí bruto! -Eran ellos el tinto y el blanco que vimos. Huían, y los burros, más agradecidos que las personas, nos saludai- on al pasar. -Vamos allá, Francisco, á buscarlos; ¿sabes para qué? para mezclar los vinos eso, para casarlos como Dios manda, para juntarnos todos, ellos y nosotros, en un abrazo muy fuerte que dure toda la vida. Nosotros fuimos los bárbaros... se querían, y ahí tienes la lección; nosotros, al interés; ellos, á su querer, más libre. que el viento. Si no lloras conmigo, es porque no tienes entrañas. -Sí, lloro, y á lo hecho pecho. Busquemos á ese buen par de alhajas, y que el escándalo no sea mucho. ¡Aprieta, zopenco! Y entré la. bruma de. aquella mañana de invierno que el sol naciente teñía de un color violáceo, en el mismo lindero de la campiña llena de escarcha, ante el pueblo. dormido, y teniendo por testigo la lejana cumbre de Tudia, blanca y resplandeciente, sobre la verde tierra extremeña, Eusebio y Francisco diéronse el definitivo abrazo de paz, y el un corazón golpeó en el otro, unidos ya para siempre por los dulces vínculos del hogar, del amor y de la familia. JOSÉ NOGALES DIBUJOS DB MBNOBZ BBINGA