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EL TINTO Y EL BLANCO CUENTO EXTREMEÑO Al entrar Francisco en la amplia cocina del ricacho conocido por el apodo de PesadumbreSj que le venía de casta como al galgo ser corredor, torció el hocico al ver muy repantigado junto á la lumbre á Ensebio el que fué alcalde; con quien no andaba á derechas. Otros más había, de capa arrastrando, en son de fiesta ó de junta de cofradía algo entonada y solemne, ¡Buenas y santas! Vengo á ver para qué soy llamado. ¡Valiente pregunta! -dijo Pesadumbres algo calentejo ya: -Para tomar con nosotros el trago hogaftero y los prestines. ¿No oíste decir en la noche de San Silvestre un año sale y otro se mete Pues en ella andamos, y es noche de amigos y de alegría. -En lo há que vivo- -añadió Ensebio- -siempre celebré esta noche, y más hogaño, ¡que hay cada senara! Parece que cae en el campo como una bendición de ese cuenco grandote y azul que tapa sin tapar á la Extremadura. -A mí, desde el picacho, se me alegraron hoy las pajarillas viendo el verdeo. No hay quien pueda con los barros- -dijo Pesadumbres, -y no sé qué tiene la tierra de uno, que tira, que amarra, que nos deja hechos árboles, viviendo así, como vivimos, al borde de las cabuceras llenas de agua, en medio de la sementera, en las lindes soleadas oyendo cantar al bando de alondras que se pierde en el cielo. También se me alegran los ojos desde aquel pico de gaita donde se ve medio mundo. ¡Bendito sea Dios! Fregenal, La Higuera, el castillote. de Segura, Fuente de Cantos, Montemolín, Monesterio, Valencia allá, Zafra la grandota, y más, más un sin fin de pueblos nuestros, como si dijéramos, pollos de la misma gallina. ¡Ándale ahí! Un vibrante repique de almireces y panderetas con el contrabajo de la zambomba hecha en un cántaro, cortó aquella reposada alabanza del terruño propio: Ya vienen los Reyes por el arenal, Y el coro de voces pueriles y femeninas llenaba con su regocijado estruendo la casa del rico, aquella, casa que olía á chacina y á heno como cualquiera vivienda del campo. ¡Vengan esos prestines! ¡A la paz de Dios y en buena hora! Y al Niño le traen su rico pañal. Cantaba el coro mientras los padres graves dejaban limpio el plato de Talayera en que sirvieron los pestiños rebozados en clarísima miel de romero. -Ahora abriremos la pitarrilla y veréis cosas de encantos. Entraron en la bodega, en que bailaban las sombras de las telarañas, así que Pesadumbres alzó el candilón para que el acompañamiento se orientase. -Tintillo de Fuentes- -dijo dando una sonora palmada en el vientre de una tinaja de Salvatierra. -Blanco de Almendralejo- -añadió repitiendo la caricia en otra tinaja. -Y habéis de saber, que á lo menos esta noche, que es última y primera, según se forme la cuenta del año, nadie debe entremezclar estos vinos, que tienen, sueltos, una rara virtud mil veces probada por mis abuelos y por mí, que hice experiencia. Y es tal, -que los que bebieren del tinto verán todas las cosas de ese color, y hasta los pensamientos se les vestirán de luto. A la contraria linde irán los del blanco, que la alegría les retozará en el cuerpo y verán la fantasma blanca, que se pasea por los aireg. Id pidiendo, que aquí están las canillas de metal dorado y aquí los pucheros para servir según los gustos. -Blanco, -dijo Eusebio. -Negro, -dijo Francisco dejando traslucir la enemistad que les separaba. Pesadumbres, asiendo por el pelo la ocasión de lañar las rotas amistades entre Francisco y Eusebio, colgó el pulpito y les endilgó esta fraterna: -Veo que ni aun en el beber formáis canga ni en lo dulce del gusto os conformáis en ser parejos. ¿Va á durar siempre esta simpleza? ¿Por la niñería de un noviazgo han de apartarse dos hombres de bien? ¿Que á ti, Francisco, no te conviene para nuera la hija de Eusebio, ni á ti, Eusebio, para yerno el hijo de Francisco? ¿Y por esto han de reñir los hombres y se han de hundir las casas? A ver cómo mojáis los hocicos en esos pucheros y os dais un refregón de pecho como amigos que sois, mal que pese á todos los hijos y todas las hijas y todos los matrimonios del mundo.