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-3 J: (5 r- i: íT r a resistirte y no ceder. Considera el porvenir que desprecias. Eres aplicado, tienes talento, nuestra familia está bien relacionada. De seguro que en seguida logras una canongía, y andando el tiempo hasta u n a mitra. Hizo una pausa y preguntó después con el tono del que espera un asentimiento: ¿Conque me prometes no volver á las andadas? N o puedo, señor, no puedo! El magistrado se levantó de un salto al oir la categórica aunque humilde respuesta, y sólo replicó, montando en cólera: -Dentro de dos días estarás en Salamanca. II Encasquetado su gran sombrero de medio queso, y con su caña de puño de oro en la mano, hundióse el buen oidor entre la muchedumbre, sin ojos más que para buscar la maldita Buñolería del Vizco. Era la primera vez que su señoría, con perdón de la hasta entonces inmaculada toga, asistía á uno de esos jolgorios, que sólo conocía á través de los autos criminales. La entraila en la buñolería fué para el oidor la contera de su sacrificio. ¡Bien podía agradecerlo el nmchacho á la terrible declaración médica de que se moría de pasión de ánimo! Todas las mesas estaban ocupadas. E n una próxima, un grupo de granaderos de altas gorras de pelo comía combros y bebía aguardiente. El olor á aceite frito so mascaba. Cuatro demonios en mangas de camisa maniobraban en los barreños llenos de harina y hacían buñuelos en la lumbre, mientras el Vizco despachaba el rejalgar y la fritanga detrás del mostrador. Tres buenas mozas servían. Á la que se acercó á su mesa llamáronla los soldados por su nombre: ¡Juanital ¡La que venía buscando! Ko había en el gremio nada más bonito, más típicamente madrileño. Dos ojos negros entre espesas pestañas; trigueña, menuda, muy viva y pequeñita, de peinado bajo, con claveles en el pelo y en el pecho, que envolvía en blanco pañuelo de espumilla, dejando asomar bajo la falda roja de medio paso los pulidos pies y el arranque de la media cruzada por galgas. Acercóse la muchacha, sin reparar al pronto en que se trataba del oidor, á quien de sobra conocía. El magistrado advirtió que la pena ensombrecía aquel bello rostro picaresco. ¡Mire usted que brotar también una pasión romántica en aquella perla de la calle! ¿Ko me conoces, hija mía? -preguntó el magistrado á la muchacha. Esta hizo un movimiento brusco, y como entonces diera la luz en el rostro del magistrado, percatóse de quién era, y exclamó trémula, retrocediendo un paso con el respeto, más bien espanto, que entonces producía la justicia en el ánimo del pueblo, mucho más si la grave deidad se encarnaba en un representante de tal altura. ¡El tío! -Ko te asustes, que no me cómo yo á la gente- -dijo por lo bajo el magistrado; -y como tengo que hablarte, di á una le tus compañeras que te supla dos minutos, y siéntate. Y como no era cosa desusada el que las buñoleras aceptasen obsequios del público, nadie extrañó la cosa, sentándose juntos, ella aterrada, y el venerable juez teniendo que echar mano de su respetabilidad profesional para esconder su emoción; porque eran muchos ojos aquellos. ¡Caramba con el sobrino! III El oidor no ¡nido prever el arranque. El nmchacho, que estaba sentado en un butacón, colgóse de su cuello al oirle, rodeándoselo con sus brazos estenuados, y en aquel cuartito de estudiante que va para cura, atestado de libros eclesiásticos, dio suelta á su alegría con unos apretujamientos tremendos, mientras el magistrado decía medio sof H- ado y riendo, con unos ojillos muy apesarados, como si hicieran esfuerzos por ocultar la comezón de un im osible vanamente anhelado: ¡Te casarás con ella, sí, hoinbre, de que la pulimentemos, porque es un diamante, pero en bruto! ¡Y vaya si es bonita! ¡Chico, yo te hubiera querido obispo, pero también creando una familia se sirve á Dios! DTRUJOS DE r NfAFLTIN -X 7 ALFONSO P E U E Z NIEVA