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las gracias al extranjero, se me humedecieron los ojos; sentí algo de lo que experimenta el hijo cuando elogian á su madre. Y así, satisfecho y alegre seguía mi camino acompañando al extranjero, cuando llamó la atención de éste apretado grupo de personas en torno de un hombre que llevaba pendiente de alta pértiga un gran cartel, donde toscamente pintado con colores ¡chillones aparecía un monstruo, especie de dragón rojo, verde; y negro, con cuatro patas armadas ¡de garras espantosas, entre Jas cuales oprimía cuerpos de hombres y de mujeres que por anchas heridas chorreaban sangre, y á los que parecía llevarse hacia las nubes. Debajo muchos soldados disparaban sus armas contra el monstruo, y montones de cadáveres cubrían la tierra, destrozados sin duda por aquel ser fantástico. ¿Qué será eso? -preguntó el extranjero admirado de ver el interés con que tanta gente rodeaba al hombre del espantoso cartelón. -Cualquiera cosa- -le dije; -algún vendedor de romances de los muchos que cantan los ciegos. Vea usted el anuncio: La correpia, fiera malvada. Acercóse al grupo el extranjero y yo con él, y oímos al hombre del cartelón, que á grito pelado pregonaba de esta manera; -Nueva y curiosa relación en la que se declara y da cuenta de las horrorosas muertes, estragos y desgracias que h a ejecutado una fiera silvestre titulada la Correpia el día 12 de Marzo del presente año en la ciudad de ürben, inmediata á Tierra Santa, matando 158 personas, y el fin que ésta tuvo. El público, en su mayoría compuesto de gente del pueblo y de soldados, escuchaba atónito al hombre, que con su canturía monótona y campanuda recitó u n romance de doscientos versos, que no copio íntegro en gracia de mis lectores, pero del cual podrán dar idea algunos trozos. Después de pedir para el relato la ayuda del Dulce Nombre de Jesús y de su Madre, describía la monstruosa fiera que se merendaba hombres y mujeres, hasta que fué vista por una pareja de guardias civiles (todo esto en Tierra Santa) uno de los cuales se tragó bonitamente, como aperitivo sin duda, con tricornio y todo. El otro guardia, que salvó su vida de milagro, da parte de lo ocurrido al Gobernador, y éste ordena que salgan fuerzas de tropa y también gentes armadas. Salió la caballería y artillería rodada por ver si pueden matar á esa fiera tan malvada. Las cornetas y tambores rompieron la generala, y aquel monstruo las saltó con gritos que horrorizaba. Embistió como un león hacia la tropa guiada; dispararon los fusiles y no la herían las balas. Por fin u n soldado logra darle muerte metiéndole la lanza por la boca, y entonces ven que mide dieciséis palmos de larga, y la cola cuatro y medio. Ya antes la h a descrito el autor de este modo; Tiene orejas de caballo, la boca como una vaca, dos cuernos en la cabeza, también alas que volaba, vestida como tortuga, que á todo el mundo pasmaba. Tenia, pies de garduña y espolones com. o dago. s, y dos alas como un pez, pasaban de cuatro varas. Como airderes el pelo, la cola como una lanza, y el arqueado de sus uñas como ganchos de romana. La gente absorta, atónita, con la boca y los ojos muy abiertos, escuchaba aquella sarta de desatinos sin separar la vista del cartelón donde gráficamente se describía todo, y al acabar e l h o m b r e su relación, u n muchacho vendía á cinco céntimos el tremendo romance, del cual se apoderaba ansioso el púbUco para saborearlo después á su antojo. Compró también un ejemplar el extranjero, con gran sorpresa mía, y después de doblarlo cuidadosamente, cuando se lo guardaba en el bolsillo exclamó así; ¡Ay, amigo mío! Esto da al traste con todo cuanto acabamos de ver. Esa. fiera correpia, cuyos horrores escucha la gente con el interés que inspira una relación verdadera, representa lo que en E s p a ñ a hay que desarraigar sin pérdida de tiempo; la ignorancia. Los pueblos que oyen con deleite y con fe todos esos absurdos, que no se ofendan cuando los califiquen de salvajes. MiGUEi. RAMOS OARRIÓN DIBUJOS DE HUERTAS