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fie iví- ÍíE PÁGINA COPIADA DEL NATURAL Disparos de cohetes, música de bandas, gaitas y tamboriles, rnido de muchedumbre regocijada que circula por las calles y los paseos; toque de campanas, pregones alegres, ir y venir de coches y clballos movimiento musitado por todas partes, y, para recreo de la vista, las casas con alegres colgaduras y flotando al aire banderolas y gallardetes de diversos colores. La gente de toda la provincia ha venido más numerosa que nunca, porque halla el atractivo poderoso de la Exposición regional, donde el comercio, las artes y la industria han llevado honrosa y brillantísima representación. A este certamen del trabajo, muestra viva de lo que vale y de lo que puede u n pueblo, acuden á miles los visitantes, orgullosos ante el resultado de sus esfuerzos. Por donde quiera que se va percíbese al o que revela progreso y cultura: espectáculo consolador que desvanece los negros pesimismos v entreabre horizontes que alborean con resplandores de esperanza. Yo, que siempre confío en lo mejor, que nunca quiero ver tinieblas en lo porvenir, me entrego á la ilusión dulcísima de que el resto de España imitará este ejemplo y de que esa regeneración, tan traída v llevada en los labios de todos, se realizará poco á poco sin otro auxilio que la propia fuerza, bien aprovechada y bien dirigida. E n medio de aquella animada multitud que disfrutaba los goces sanos de tan honrosa fiesta, impregnándome de aquel espíritu vivificador, sentía un consuelo que bien pudiera llamarse patriótico. Acompañaba yo á un señor extranjero que me había sido recomendado, y á quien serví de guía durante una semana recorriendo con él toda la provincia y haciéndole admirar no solamente los dones que la naturaleza derramó aUÍ con pasmosa prodigalidad, sino también los monumentos históricos, las fábricas, las minas, todo lo que pudiera darle al mismo tiempo idea favorable de nuestro pasado y de nuestro presente. El extranjero, anglo- sajón, de los que miran todo con frialdad y lo juzgan sin apasionamiento había hecho sm embargo con frecuencia calurosas alabanzas de mucho que yo le iba dando á conocer con cierto recelo convertido por sus elogios en íntima satisfacción. La visita á lugares donde en otros siglos demostramos nuestro poderío tradicional, sólo arrancaba al extranjero esta exclamación, que yo escuchaba con honda pesadumbre: S í sí, muy hermoso; ¡grandezas pasadas! El estudio de nuestras fábricas, de nuestros productos naturales, de nuestras minas, de aquello, en fin, que so relacionaba con el comercio ó con la industria, temía yo que diera ocasión al visitante para juzgamos con desdén SI lo comparaba con lo de su país, y mi sorpresa no tuvo límites cuando le oí elogiarlo sin reserva estimándolo mucho más que nosotros.