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No crean ustedes por el título c ue se trata de un reclamo de perfumería, de un elixir para conservar fresca y blanca la dentadura, do algún tinte que mantenga siempre vivo el color del cabello, de alguna veloutine para que las señoras deíiendan sus rosti- os contra las traidoras arrugas; nada de eso: es algo más importante. Se trata de un descubrimiento llamado, como se dice en términos comerciales, á producir una verdadera revohición. Con razón afirma el boticario de La verbena que hoy las ciencias adelantan que es una barbaridad... El Colegio de Médicos de New- York- -y allá va la noticia- -estudia en estos momentos los resultados que producen las inyecciones de fosfato de sodio para detener en el hombre, y en la mujer naturalmente, los progresos de la vejez con todos sus alifafes. Parece ser que los experimentos realizados hasta ahora en individuos de un asilo de caridad, dan esperanzas de que, en efecto, con esas famosas inyecciones podamos vivir manteniéndonos siempre en un estado de juventud perpetua. La noticia no puede ser más interesante ni más consoladora para los que necesitan detener el amenazador derribo de los años. Yo siempre he tenido mucha fe en los fosfatos; pero, vamos, la verdad, no creí que fuera hasta ese punto. Ahora lo que dirán los que ya no llegan á tiempo de disfrutar tan maravilloso descubrimiento: Hemos estado viviendo en la creencia de que á cierta edad á todos se nos pondría el pelo de un color y nos arrugaríamos á la misma señal, y ahora resulta que en ésto hay también clases y privilegios. ¡Abajo el fosfatoh Y en eso tendrán razón, porque es una estafa que se le ha hecho á esa pobre gente. Si en la época en que el Fausto de Goethe se enamoró de Margarita se hubiese conocido el fosfato de sodio, no habría necesitado vender su alma al diablo para volverse joven. Bastábale con dos ó tres inyecciones diarias, ya lo creo. ¡Con qué afán exclamarán á estas horas esas apreciables jamonas que, como vulgarmente se dice, tienen ya la patita de gallo: ¡Ay, joven, joven toda la vida! ¡Qué felicidad poder inspirar una pasión eterna I ¡Ser siemr pre joven, como cuando di el primer sí. ¡Pues no les digo á ustedes nada de la alegría con que será recibida la noticia por esos matrimonios que á pesar de los años se llaman todavía por el diminutivo del nombre I ¡Poder conservarse como cuando eran novios! ¡Poder reirse todos los años cuando se cumplen días! Ya no se mirará con enojo al Calendario, ni se verán con pena transcurrir los años como antes, que nos acercaban á la vejez; ahora no. ¿Qué nos puede importar, teniendo en el bolsillo al fosfato de sodio? Ya cuentan los yernos con un enemigo terrible, i Cuánto no maldecirán al fosfato al ver á su suegra eternamente joven y asegurada de todo riesgo! Tampoco los que están próximos á heredar lo verán con muy buenos ojos, y ya los tíos ricos no tendrán que pensar en hacer testanáento. Do modo que, desde ese punto de vista, el invento no es beneficioso. De todos modos, no hay que apresurarse ni abusar mucho de las inyecciones, no sea cosa que en lugar de volvernos jóvenes, nos arranquemos diciendo: Chacha, tero pan. Ahí tiene el general Azcárraga, en el fosfato de sodio, el secreto para ser presidente del Consejo de Ministros toda la vida; es decir, varias vidas. U I K U J O S DE XAUDARO LUIS G A B A L D Ó N