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EL LEiÑADOR Y EL ALCALDE E n l o más apartado y cerril de los montes de Toledo hay una aldea t a n olvidada por pobre como digna de nombradía por lo pintoresco del paraje donde está asentada. Fórmanla unas cuantas casucas ennegrecidas, y h a s t a doscientos habitantes qne viven de la caza que matan y de la leña que cortan en la dehesa donde la caza se cría. E n la aldea hay una familia tan miserable de peculio como dilatada de parentela. Compónenla un viejo ochentón, p a d r e de siete hijos, abuelo de veinte nietos y tío de treinta sobrinos, todos los cuales le acatan como á cabeza del linaje, porque de su guía, consejo y experiencia se sirven en los asuntos y aprietos de la vida. De esa familia, por ser tan numerosa, salen todos los oficios del pueblo: así los escopeteros más seguros como los leñadores m á s fuertes, y así los alcaldes como los alguaciles de! concejo. El tío Nicasio, á pesar de sus dichos ochenta años, andaba erguido de hombros, despierto de inteligencia y ágil de remos. I b a diariamente al monte, y aunque ya no lo ojeaba ni perseguía bandos de perdices por los collados, nunca se volvía sin su par de ellas cazadas en el aguardo. No trepaba á las encinas y los quejigos, pero tampoco se venía sin su hacecillo de jara con que cocer la olla y calentar los pies. El tío Nicasio había criado á sus hijos conforme á su entendimiento bueno, aunque burdo, y los mozos salieron hombres duchos y trabajadores; pero los sobrinos, como de rama más distante del tronco fuerte, salieron endebles de manos y de cabeza. A esta rama pertenecían Alejo y Lucas. Alejo era u n mocetón como un roble, como u n roble por cualquier punto que se le mirara. Por su robustez, por su dureza, por su tosquedad y por su fruto; de su cabeza salían bellotas en lugar de ideas. Lucas era como u n a caña en todas sus cualidades. Delgaducho de cuerpo, quebradizo y puntilloso de genio, suave y pulido en el trato, vano de carácter y medio vano de mollera, porque, bien que no entendimiento, poseía la listnra y gramática parda, que suelen sustituir á la inteligencia con más provecho que ella a cierto género de aplicaciones y usos. Son el talento de la ite campesina y de los políticos rurales. Y Lucas era alcalde lugar, alcalde que pudiera decirse de profesión, porque lo era li siempre, y cuando no, trabajaba para serlo después, y ni queía ser otra cosa. ra leñador, y nada más que leñador. No alcanzaban á mejor is facultades. Lo era de oficio, y como hombre modesto y resig uería ser otra cosa, ni aun sabía ser ésta, es que nadie le ganaba á puños, que gateaba como una lagari 6 mecía en las ramas como u n pájaro, que con la podadera ó a mano parecía u n liuracán, según como talaba troncos, deslaje y tiraba al suelo vastagos y hojas. de caletre como hábil de brazo, no aprendió el oficio sino á as, tales y tan peligrosas, que á no tener carne de perro y huehubiera acabado su vida en el aprendizaje, bía á u n árbol olvidaba que tenía que bajar. Apenas puesto el cortaba á cercén y de u n solo irresistible tajo de su podón. Se aanos á otra rama superior, y la cercenaba también. Y así se hallaba en lo alto de la copa, sin dejar detrás de sí y debajo de sus pies vastago ni apoyo en que sustentarse al descender. Y había luego de venir á tierra, no con descendimiento blando y seguro, sino con saltos mortales, de que conservó grande y duradera señal en la piel. Cuando por falta de tiempo no acababa de una vez la poda de u n árbol, costábale doble trabajo subir á él al (lía siguiente, pues, perdidas las ramas bajas, el árbol parecía el mástil raso de una cucaña, por donde era preciso subir perneando y braceando. -Alejo, no seas bruto, -le decía el tío Nicasio viéndole en la faena. ¿Y qué remedio hay para no serlo? Si Dios me ha criado así- -Pues todo tiene remedio, y hay botica para todo, hasta para las malas entendederas. -Dígame usted cómo, tío Nicasio. -Pues haciéndose cargo de lo que se ve. ¿No ves esas ramas bajas? ¿Para qué las podas antes que las de arriba? ¿Y para qué he de dejarlas cuando ya me han servido para subir? -No las desprecies porque estén rastreras, porque son una comodidad. Ya te servirán después para bajar. -Para las cuestas arriba quiero mi burro, que las cuestas abajo yo me las subo.