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viH lMH. i F n- ¡Por mi vida, líover, que estáis cometiendo una locural ¿Cómo osáis permanecer cubierto ante mi real persona? -Bulcc señor, perdonad tan grave culpa; pero el frío que hoy hace entumeció mis miembros, y ni siquiera podría sacar las manos lieladas de entre estas pieles. Xunca he tiritado tanto, y pierdo hasta el respeto que debo á vuestra majestad. Estas rastreras mentiras de Eover desenojaron al rey. -Muy bien dicho, servidor Jealisimo; consiento que continúes asi en presencia mía. Tú y los tuyos, tal es mi voluntad, tendréis licencia lara permanecer cubiertos ante la persona de vuestro roj -Pei mitidmo, señor, que me acerque á esos abrasados leños, pues por Uios os juro que mis dientes castañetean y vuestras ventanas están abiertas de par en par. Días después, el rey contemplaba su eíigie. Ya no era de mármol inmaculado; más bien parecía de piedra gris, como las esculturas que adornan los pórticos de las catedrales. Y en tanto que la contemplaba el rey, sentía punzantes dolores en la garganta y en el peclio. Cayó al íin moribundo. Horrible tos sacudía su cuerpo; su palidez era cadavérica. Un médico permanecía constantemente á su lado; sin darse punto de reposo preparaba drogas eficaces, al decir de la ciencia. Pero de nada aprovechaban tales cuidados; el rey se moría. ¿Mi estatua está en pie? -preguntaba ansioso. -Señor, si; más hermosa y más rígida que nunca, -contestaban mintiendo los cortesanos. Ayudado por Eover y el médico, el monarca se levantó trabajosamente, á pesar de las súplicas de todos, y acercóse á la ventana. Aún pudo contemplar su efigie, pero ya muy borrosa é insegura. Al alejarse de la ventana expiró. Catorce nobles condujeron el cadáver á la última morada, iíu la explanada de palacio, la estatua se erguía aún, pero ya como bulto informe. Y cuando el cuerpo del monarca, depositado en el fondo de la bóveda, quedó cubierto con la pesada losa; cuando la multitud, al salir do la catedral, se dispersó volviendo la espalda á la majestad muerta, realizóse la predicción del muchacho, y la estatua de nieve se deshizo; un rayo de sol juguetón y dorado, con su brillo triunfador, derribó la efigie de aquel orgulloso y cruel monarca. JKKÓXIMO DOUCET jaL