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Sólo algunos pasos les faltaba para llegar al sitio donde yacía el muchacho, cuando vieron que el monarca se detenía de pronto, y tendiendo el brazo hacia la estatua de nieve, lanzaba un grito de terror. Juan se había puesto de pie; de su pecho endeble surgía el extremo de la flecha, y con manos por la sangre perdida más blancas que la nieve misma, trabajaba el informe monigote que sus compañeros erigieron. L a labor duró largo tiempo, y los cortesanos y el monarca contemplábanle inmóviles y mudos. Por fin el chicuelo, lanzando un sollozo, se detuvo, y todos vieron horrorizados que acababa de modelar u n a estatua hermosa y grande: ¡la estatua del reyl Nada faltaba en ella: ni la corona, ni el cetro, ni la esfera que representa el mundo, ni el manto de armiño. -Señor- -dijo el muchacho, -ésta es la efigie ile quien me mató por satisfacer un capricho. Mientras permanezca erguida como ahora, aquél cuya imagen representa reinará. Pero el día en que esta frágil escultura so deshaga, habrán concluido su reinado y su vida. Y al proferir estas palabras J u a n cayó de nuevo sobre la nieve, en la cual BU sangre abría negruzcas res. uebrajaduras. Desde entonces el monarca no gozó u n instante de sosiego. Ordenó á un astrónomo que explorase tenazmente el Norte para saber si el invierno sería largo, y que consultara los astros, procurando leer en ellos una tardía primavera. Sólo consentía en ocuparse de los negocios del Estado cuando afirmaba el sabio que las nubes de hielo circundal) an todavía el horizonte del reino. Harto se le alcanzaba que esto no podía durar siempre, porque el curso do las estaciones es más constante aún q u e el de los reyes, y aterrábale pensar que al fin un rayo de sol destruiría su efigie. Una mañana el rey creyó sentir una temperatura dulcísima cu su cámara, y llamó lleno do espanto. El conde Hurault acudió á su llumnmicnto. -Hurault amigo, ¿no advertís, como yo, que hoy hace menos frío que ayer? Y Hurault, cuya vida transcurría repitiendo las palabras de su señor con igual fidelidad que la ninfa Eco, contestó estúpidamente: -E n efecto, señor; hoy hace menos frío que ayer. Perro maldito, vete de aquí; aléjate do mi presencial ¡Apresúrate á dejar el palacio, y que yo no vuelva á verte, si no quieres que tu miserable cuerpo se columpie en las ramas de una encinal Pero Rover, el insidioso cortesano, que desde el vestíbulo lo había oído todo, entró rápidamente en la cámara envuelto en enorme hopalanda y cubierto con un gorro de astrakán, á la usanza d e los tártaros de Asia. Vx 35 g f m l í! í Ky r Tp 77 S