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r k o i -ríT V aW, i! MísS; í C 1 i 1 GPIGI A nieve cayó toda la noche espesa y silenciosa, y cuando al amanecer A i el rey se asomó á una de las ventanas de su palacio para contemplar la explanada extensísima, hubo de cerrar los ojos deslumhrado por aquella blancura inmaculada. Y a los muchachos de la ciudad bullían por allí haciendo bolas, endureciéndolas á escape con manos amoratadas, corriendo, riendo, chillando, gesticulando, locos de alegría. El fastidio del monarca creció con aquel regocijo y con la muerte de las cosas enterradas bajo el sudario invernal. Poco á poco se calmó la lucha que sostenían los muchachos arrojándose proyectiles de nieve; cogiéronla á brazadas y la amontonaron en medio de la explanada, como los segadores cuando cogen y apilan el heno en los prados. Pronto vióse u n montecillo en el cual asentaron u n monigote informe y grotesco, cuya figura regocijaba á la pandilla, la cual se puso á bailar en derredor. E l rey descolgó su arco de cerezo pendiente de la muralla, cogió una flecha de su carcaj y apuntó á la estatua de nieve con intención de derribarla. Silbó el dardo, y como el rey era u n arquero maestro, la flecha dio en el blanco, atravesándolo. Un grito quejumbroso se elevó en el aire helado, y la pandilla de muchachos se diseminó lo mismo que levanta el vuelo una bandada de atemorizados gorriones. Sólo Juan, el más joven de todos, permaneció en el sitio que ocupaba. La flecha, atravesando la nieve del monigote, hirió en el pecho á la criatura, la cual se desplomó lentamente sobre el lienzo virginal, y su vida iba apagándose á medida que la sangre con su vaho caliente liquidaba la endurecida nieve. -Vos sois el rey del arco, como sois el de Minturia, -añadieron los cortesanos inclinándose. E l príncipe sonrió satisfecho de su crueldad y halagado en su orgullo. ¿Os place, señores, venir conmigo hasta el sitio donde yace derribado aquel chicuelo? Así juzgaréis lo certero de mi puntería y el vigor de mi brazo. Seguro estoy de que á pesar de la distancia y del obstáculo por la maciza nieve opuesto á la flecha, debió atravesarle ésta de parte á parte. Y todos solícitos abalanzáronse hacia la explanada.