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EL SIGLO NUEVO Decía u n amigo mío que la aparición en escena del siglo XX debía haberse señalado con u n suceso extraordinario, s o b r e natural, algo así como u n fuerte en la orquesta del firmamento, una lluvia de estrellas ca endo como copioso confetti sobre la tierra, un re ámpago i n t e n s í s i m o que, al dar las doce, hubiese iluminado el mundo al estridente son de vina gigantesca campana chinesca; pero no ha ocurrido nada de eso; liemos pasado del siglo x i x al XX sin dar importancia á mutación tan extraordinaria. Por mucho menos, por la inauguración de una tienda de ultramarinos, se arma una de baile, murga y alegría en el barrio, que no ha vecino que duerma tranquilo; y en cambio nosotros, los iJelices mortales que hemos tenido el privilegio de inaugurar u n siglo, nada, como si no hubiera ocurrido nada, sin decirle siquiera ¿Qtío vadis, amigo? Únicamente en provincias se ha celebrado) a llegada de personaje tan importante consignando los Ayuntamientos cantidades más ó menos crecidas á nombre del primer niño que naciera en tan memorable fecha. ¡Cuántos padres se h a b r á n paseado inquietamente por las inmediaciones de la alcoba esperando el feliz nacimiento del vastago y mirando el reloj repetidas veces! Seguramente en muchos pueblos h a b r á n ocurrido curiosos empates, como en las votaciones. Y á cuántos niños que se hayan descuidado unos minutos en venir á este picaro mundo, les h a b r á n dicho sus papas al tomarles en brazos: ¡Hijo mío, monín, bien podías haber nacido un instante antes! Porque parece que no; pero esas criaturas nacidas dentro del plazo reglamentario, ya entran en la vida con una base, con un capital; de modo que no sólo traen el famoso pan debajo del brazo, sino una libreta de la Caja de Ahorros. Aunque yo creo que en esto los Ayuntamientos, iniciadores de t a n gran idea, les h a b r á n dado á los reciennacidos un cuarto de hora de cortesía, teniendo en cuenta la diferencia de relojes. Porque realm e n t e resulta un colmo citar á un reciennacido, es decir, á uno que no h a nacido todavía, á las doce en punto, y que venga. Envidiemos la suerte de esos padres, y deseémosles para otro siglo la misma venturosa suerte. Seguramente que h a b r á esposo entusiasmado que dirá á su mujer: ¿Ves? hasta en esto se parece á su padre; formal, exacto como yo. A las doce en punto le esperábamos, y á las doce en punto h a venido. Para el resto de los mortales el siglo no se ha presentado tan bondadoso. A un cochero cuyo carruaje tomaron por horas á las once del siglo que moría y le tuvieron hasta muy entrado el siglo siguiente, le. despidieron en u n café que tenía dos puertas, y no se ha vuelto á saber más; las patronas dieron á sus pupilos exactamente el mismo chocolate de á peseta el primer día del siglo como el último del que acabó; y un acreedor que se encontró en la calle con sii deudor, lé volvió á pedir lo que le debía, con i d é n t i c o resultado que en el siglo pasado. A los camareros en los cafés les sorprendió el si. glo llamando al echador, y lo mismo que acontecía á filies del siglo x i x no faltó quien se marchara sin pagar; y es que un siglo preocupa mucho. Uno de los pocos que esperaron digf. jy namente al siglo, colocado en su pedestal y en actitud arrogante, fué el famoso D. Tancredo. Y terminaré deseando que ya que los anteriores siglos fueron de las libertades, de la literatura, de la luz, de la electricidad, el siglo presente sea el del dinero, que es á lo que estamos á lo que estamos los que no lo tenemos. L r i s GABALDÓX