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DIALOGO E N LA PORTERÍA -Y d i g a usté, doña Nemesia, ¿con esto del cambio de ministerio limpiarán el comedero á sus hermanos de usté? -No, Petra. A mis hermanos jamás les dejan cesantes. S i e m p r e los han respetado desde que entraron en IliU ifinla. ¿Y hace mucho que. i iilr. iron i- -Antes de que matar. iii ft l iinj. ¿Qué dice usté, M ñuraV nc (fueron ellos? -No, hija. Quiero cli civ nui á raíz ilc aquel suceso los emplearon, y por lo vi. to son inmuebles, porque nunca lo! -incin. -No les pasa lo quf a mí. lin tri- meses, cuatro porterías. -Pues otro caso de inamovilidad fué mi marido, qué esté en gloria. Entró en el Ayuntamiento á los quince años y no salió hasta que dejó este picaro mundo. ¡Buena encerronal- -Cuarenta y cinco afios estuvo sirviendo en el ramo de limpiezas. Precisamente por eso me casé con él; ya sabe usted lo limpia que yo soy. Pues ya pudo limpiar algo en cuarenta y cinco afios! -Y no estuvo más tiempo allí porque después de muerto le hubieran tomado asco en las oficinas municipales. Vaya, vaya, dofia Nemesia; por lo que veo, esa constancia es un soplo comparada con la de mi difunto Lucas, que Dios haiga. ¿Qué fué? -Bedel del Instituto. ¿Y prestó allí s e r v i c i o s mucho tiempo? -Desde los veinte afios. ¿Y cesaría quizás el día de su muerte? -No, señora; sirve todavía. ¿Y se lo consienten? ¡Qué atrocidad I- -Esa es la particularidad de mi hombre. ¿Pero está bien muerto? -Sí, señora, completamente. Su recomendante, que, según dicen, fué el herrero de la posada- -Sería Posada Herrera, mujer. -Eso. Pues le dijo: Toma esta credencial para que sirvas en el Instituto. Es un buen puesto; no dejes de servir allí, aunque te mueras Y mi hombre, obediente como él solo, sigue sirviendo allí. ¿Pero dónde? -En el Gabinete de Historia Natural. f TM f riT TOLO- ¿Pero para qué sirve? -Para enseñanza de los alúminos. Allí está m e t i d o en una letrina. -Vitrina, querrá usted decir. -Eso es. Después de llevar en el Instituto veinte años de bedel, lleva otros veinte prestando servicio en clase de esqueleto, ¡Jesús María I ¿Y cómo fué el quedarse así? Porque le faltó la carne y No; digo que cómo es que está allí. Ahí Por un capricho del diretor. ¡Me deja usted fontal- Pues nada; no tiene usted más que llegarse al Gabinete, y á mano derecha conforme se entra, fijarse en una garita de cristales, sobre la cual hay un letrero que dice: Esqueleto de orangután. ¡Por Dios, Petral- -Sí, señora, de orangután. El pobrecito, dicho sea sin ofender su santa memoria, era muy feo y muy mal configurado, y nada tiene de extraño que hoy pase por lo que pasa. ¡Si usté le hubiera conocido! Dicen que ahora está, si cabe, mejor que cuando gastaba gorra con galones y me atizaba lefia con un palo. Pero yo no voy jamás á verle, porque me causaría una pena horrible. Además, me daría muchísima vergüenza que al ponerme á rezarle padrenuestros delante del armario en donde está, se burlaran de mí todos aquellos avechuchos disecados que hay alrededor del infeliz. Precisamente, según me han dicho, tiene colgado encima un cocodrilo más grande que usté, y el día menos pensado se desprende sobre mi Lucas y no me le deja hueso sano. ¿De modo que allí estará per smcnla sceculorum? -Amén, sí señora. Y como empezó de bedel, no sabe usted lo que le consideran todos los profesores. -Pues ya puede usted decir que es el colmo de la inamovilidad, y que empleado como él no habrá otro en establecimiento alguno. ¡Mire usted que morirse y continuar sirviendo como si tal cosa! -Sí, señora. En buena hora lo diga, mi Lucas no ha faltado un solo día al Instituto desde Febrero del 61 hasta hoy día de la fecha. Eso es servicio permanente; lo demás son pamplinas. JUAN PÉREZ ZÚÑIGA