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LA DANZA DE LAS HORAS iDe bonita manera hemos penetrado en el siglo nuevo! ¡Casi peor que salimos del viejol Porque- en el siglo XIX acabamos por hacerlo todo al revés, acumulando tal número de desgracias sobre nosotros, que soñábamos con la hora de la regeneración como se sueña con el casero, y al entrai- en el siglo xx nos encontramos con que, merced á la reforma introducida por el señor Dato en la medida del tiempo, no hay modo do saber cuál será esa hora anhelada, ni siquiera cuál es la hora de almorzar, 6 la de darle un par de bofetadas á un amigo. La política de Silvela no ha hundido el firmamento, pero ha hecho temblar las esferas. Las esferas de los relojes. Porque ahora resulta que el ciudadano que tenía la suerte de poseer un remoatoir, que no es poca suerte en estos tiempos do atracadores, no tiene tal reloj, sino medio. Asi es que los más adinerados se han apresurado á ir á la relojería y le han dicho al relojero: Aquí tiene usted este cronómetro para que le eche las doce horas que le faltan lo mismo que so le dice á un zapatero: Aqui tiene usted esas botas para que las eche medias suelas. Con tan extravagante reforma se duplicará el precio de los relojes, porque, como es natural, no se van á dar veinticuatro horas por el mismo dinero que doce. En primer término tendrán que tener doble cuerda, como Rodríguez San Pedro; y la garí, ntía. si para los relojes de doce horas era de un año, para los de veinticuatro será de dos. ó ya no hay justicia ni en las relojerías. Tiemblo ante la perspectiva de uno de esos cronómetros, porque la operación de darle cuerda será larga. Pues ¿y los relojes de pared ó de torre con arreglo al nuevo sistema? ¡Aviado está el infeliz que tenga que poner en las veintitrés y media un reloj parado en las dos, porque primero que escuche las doscientas treinta y cuatro campanadas, contando las medias correspondientes, ha transcurrido un día y acaba el desdichado por oir campanas y no saber dónde! ¡íficolasa- -dirá la señora, ¿usted sabe dónde es el fuego? ¿Qué fuego? -Pues menudo debe ser; hace lo menos un siglo que están tocando- -Gá, no señora; si es el señorito que está poniendo en hora el reloj del comedor. Yo creo que los de bolsillo se harán, para mayor sencillez y exactitud del mecanismo, en dos ediciones; es decir, que volverá la moda de fines del siglo xvín y principios del xix, do usar dos relojes, y Uevarcinos en el bolsillo de la derecha las doce primeras horas, y en el de la izquierda las otras doce, hasta las veinticuatro. Con este motivo ocurrirán lances muy cómicos, porque, efecto de la falta de costumbre, se le olvidará á uno á lo mejor, cuando se cambie de chaleco, echarse en el bolsillo el reloj de la derecha, y si lo preguntan qué hora es, exclamará contristado: -No puedo complacerle á usted, porque me he dejado doce horas en casa. Los novios, con este nuevo horario, pasan las de Caín, porque se. hacen un lío con las citas; así es que desde que se ha introducido, se ven por esas esquinas algún que otro mancebo con el cronómetro en la siniestra y en la derecha el lápiz sacando en la pared la cuenta de qué hora del día ó de la noche serán las veintidós y tres cuartos á que su amada le dijo que saldría á la calle. El acto de implantar esta trascendentalísima reforma de! horario nacional fué solemne; según algunos reporters bien informados, subió el propio ügartc, á las doce en punto del jueves, á adelantar catorce minutos el reloj del ministerio de la Gobernación para ponerle con el meridiano de Inglaterra, y hay quien dice que al caer la bola le dio en la cabeza. Esto debe ser una bola. La cuestión es que hemos perdido lo único que nos quedaba: el merídiano. Y la gente del pueblo bajo, ajena á los tecnicismos astronómicos, anda muy intrigada con esa pérdida. -Bueno- -decía un tripicallero del Cerrillo del Rastro al leer la noticia en los periódicos; -pero este meridiano ¿dónde le teníamos? -En ninguna parte- -le respondió un guardia ilustrado, aunque del Orden público; -se trata de una línea ilusoria. ¿Ilusoria? -exclamó el tripicallero; y dirigiéndose á su parienta, que estaba cortándole unos callos á una parroquiana, añadió; -Oye, Celedonia: como yo sepa que cambias de meridiano, te deslomo. -Vamos, hombre- -respondió la Celedonia, ¡parece mentira que á mis años me vengas hablando de esas cosas! Los que también están que trinan con esta reforma del horario son los rateros; porque es lo que ellos dicen; Hay que robar los relojes de dos en dos, pues si se lleva uno solo á la casa de empeños no lo toman, á causa de qué falta la otra mitad. En fin, que el Sr. Dato después de alterar el orden en todas las esferas administrativas, se ha metido en las de los relojes y ha hecho bailar á las tranquilas Horas su danza del tiempo. Yo creo que ha tenido el pecador propósito de que á las hijas de Júpiter y de Temis se les mesen las medias Es un abuso eso de hacerlas bailar por cuatro cuartos. Es lo que habrá dicho Dato: Yo nó quiero que mis últimas horas de político sean tristes; quiero que sean alegres. Y en efecto, no pueden ser más alegres; ¡como que parece que todos los relojes se han vuelto locos! DIBUJOS DE CILLA EL SASTRE DEL CAMPILLO