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El rey D. Enrique I I I el Doliente fijóse u n día, durante los Divinos Oficios, en una hermosísima joven que conteuiplaba extasiada el sepulcro de Fernán- González. Tanta era su belleza y tal expresión de dulzura y bondad se pintaba en su angelical semblante, que el monarca, olvidado del santo lugar en que estaba y dejando suspensa la oración en los labios, se sintió ferido de súbito amor y abrasado el pecho por intensísima llama. Terminada la ceremonia religiosa, y de retorno el rey en palacio, intentó en vano desechar de la imaginación el gratísimo recuerdo de la desconocida, y vencido por fin en una terrible lucha interior de toda la noche, acudió al templo al día siguiente con el ansia mortal de volver á ver desde lejos á la causa de sus tormentos. Volvió también la doncella, y tornó á extasiarse ante la tumba, y tornó el rey á entregarla su alma silenciosamente. E n resvimen; que se repitió frecuentemente el lance, y que en estas idas y venidas y encuentros casuales acabaron por enamorarse perdidamente el uno del otro el rey y la doncella, sin que la cosa pasara nunca á mayores, y quedando todo reducido, á Dios gracias, á miradas furtivas y suspiros entrecortados. Así pasó algún tiempo; D. Enrique acudiendo de incógnito á la catedral á recrearse en la belleza de la desconocida, y ésta ruborizándose castamente cuando el rey la miraba. Por fin, como todas las cosas tienen un término, u n día la joven dejó caer su pañuelo al retirarse de la iglesia; recogiólo el rey y se lo guardó tranquilamente, ofreciendo en cambio á la dama el suyo de linísima batista. Aceptó ella el obsequio con la emoción que es de suponer, y cviando el galán pudo creer con fundamento que la aventura iba á entrar en una fase más práctica, tuvo el cruel desencanto de no volver á ver á la incógnita. E n vano acudió un día y otro á la hora en que solían verse; la joven no volvió á parecer por el templo, temerosa tal vez do las probables consecuencias de sü inocente atrevimiento. El chasco, como ocvirre siempre en casos semejantes, avivó la pasión del rey, que no tuvo desde entonces otra preocupación que la de aquellos extraños y malogrados amores. Al cabo de un año cazaba I) Enrique en las cercanías de Burgos, y por uno de esos incidentes comunes en el ejercicio de la caza, se separó demasiado de sus monteros, y se perdió en lo más intrincado del bosque. E n una de las muchas vueltas y revueltas procurando orientarse, se presentó de improviso una manada de lobos, que se lanzaron sobre el monarca con la manifiesta intención de devorarle. Se defendió el cazador bravamente, matando unos cuantos de sus feroces enemigos, hasta que, falto de fuerzas y sin esperanza de socorro, rodeado por los restantes, encomendó su alma á Dios y se dispuso á morir. E n esto se oyó entre los matorrales cercanos un tiro de arcabuz acompañado de un grito estridente que puso en rápida dispersión á los lobos que quedaban. Volvióse el rey para conocer á su salvador, y ¡cuál no sería svi sorpresa al contemplar á la doncella del templo, con los músculos de la cara horriblemente contraídos, desfiguradas las facciones, inmóvil, con los espantados ojos fijos en él y sin poder articular palabra! El espasmo causado por la aparición del rey en tan grave peligro, había producido tales trastornos en la dama. Agradecido y cariñoso acercóse á ella D. Enrique, y al querer estrecharla entre sus brazos, la joven cayó muerta, murmurando trabajosamente: Te amo! Loco de dolor, el rey encargó á un hábil artífice moro la construcción de un autómata que recordara la aventura, y el moro hizo el muñeco aquél, con las facciones descompuestas, y que lanzaba temerosos chillidos, con intervalos iguales, en memoria del grito que salvó la vida del monarca. Él Papamoscas, que ahora permanece inmóvil apoyado en la ventana del reloj, estaba oculto hasta cinco mi: ñutos antes de sonar cada hora. Entonces se abrían las hojas de la ventana y aparecía el muñeco. Llegado el momento, se ocultaba y aparecía tantas veces como había de so-