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I? Bid s B s 5 s s a r i s TRÍIDICIÓN INéblTfl D T P eDO MI Tuvo la Reina Católica á su servicio una dama, asombro de portuguesas y envidia de castellanas; doña Beatriz de Silva fué su nombre, y en Braganza vino al mundo; y al nacer en la tierra lusitana, quizá porque el sol se oculta, trasponiendo aquellas playas, de sus dorados reflejos tenía la frente orlada. E r a tan dulce, tan bella, tan graciosa, tan gallarda, que de Rafael y de Fidias un engendro simulaba, el cual, al mirarlo Dios lleno de excelencias tantas, debió exhalar un suspiro con el que le prendió el alma. Así que vino á Toledo llegó elevando esperanzas, afligiendo corazones 5 arrebatando miradas, pero era tan pudorosa honesta, rígida y casta, que la malicia no pudo hincar el diente en su fama; mas la miserable envidia, que es la fiera de las almas, porque en la bondad se ceba y en toda virtud se sacia, á la dama portuguesa dispuso artera celada para robarle el honor y de la reina la gracia. 11 Entre los muchos presentes que Colón dio al rey Fernando, uno fué un pomo de esencia de perfume tan extraño, que era bálsamo del aire y deleite del olfato; de. esta esencia, nunca olida, sólo el rey usó en palacio. U n a dama, cierta noche, cogió el pomo con recato, y de doña Beatriz en el aposento entrando, perfumó todas las ropas, volviendo con leves pasos á dejar la esencia aquella en donde la hubo tomado. Al propio tiempo á la reina, por desconocida mano, (1) Olias del Rey: pueblo que se halla situado á diez kilómetros al Norte de Toledo. llegar pudo un pergamino que llevaba firma en blanco, pero de negra intención y de perfidia plagado, y así decía: Señora: Tan alta estáis, que no veis quien os infama y desdora; pero á poco que os fijéis, es seguro que encontréis otra reina usurpadora. III Turbóse doña Isabel leyendo aquel pergamino, y aunque despreció indignada la vileza del aviso, el anónimo es gusano que no prende en el juicio, pero llega al corazón y abre, royendo su nido. Por eso aquel mismo día hablar á sus damas quiso la reina, ó interrogarlas con su femenil instinto. Llegó doña Beatriz, Y al oler en sus vestidos la reina aquellos perfumes extraños y suavísimos que nadie usaba en la corte, menos el rey, su marido, crej ó ver de sus recelos comprobados los indicios. Miró á doña Beatriz con desprecio de hito en hito, y dijo después con calma: -Mañana iréis á un castillo; quizá de vuestra hermosura no sea muy propio asilo; pero hay en vos fealdades que lo tienen merecido. -Decidme por qué, señora. -Yo á vos... yo á vos nada os digo; ya que me hicisteis pensarlo, no he de humillarme á decirlo. Sólo os diré que el encierro en que á morir os destino Olias del Rey se llame, pues lleváis su aroma mismo. IV E n vano doña Isabel buscó en su esposo una prueba que pudiese confirmar la inquietadora sospecha de sus temidos amores con la dama portuguesa; antes los varios sucesos de dos años de experiencias, en doña Isabel pusieron la consoladora idea de que doña Beatriz vivió siempre en la inocencia, y como á tales supuestos su confesor asintiera, doña Isabel fué al castillo do estaba la dama presa, y hablóla de aquesta suerte cuando estuvo en su presencia: -Vengo á daros libertad. Si he tenido algún recelo de vuestra fidelidad, hoy ante mí pone el cielo descubierta la verdad. Creí que habías querido á aquel á quien mi alma adora... Si vuestro enojo ha nacido del amor que yo he sentido, dejadme presa, señora. Que el amor que antes sentía más se h a encendido en mi pecho, y aquel por quien yo daría con afán el alma mía, está sobre vuestro lecho. Es justo que le queráis, porque es tal, que lo rnerece, y así, cuanto más le amáis, más en m í se enciende y, crece este amor que me culpáis. ¡Villana, infame, traidora! la reina furiosa dijo. -Mirad á mi amante ahora. ¡Dios me valga! ¡Un crucifijo! ¿Ko le amáis también, señora? Doña Beatriz de Silva abrió la puerta á una estancia donde del Señor la imagen estaba en la cruz tallada. E n Santo Domingo el Real aún aquella imagen guardan, y allí doña Beatriz hizo la vida monástica, rendida al único amor que pudo encender su alma (2) R A F A E L TORRÓME (2) Doña Beatriz de Silva vivió treinta años en el monasterio de Santo Domingo el Real y después fundó la orden de Nuestra Señora de la Concepción Francisca, en cuyo convento, que aún se conserva, acabó sus dias.