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Al mediodía, cuando el dragón inmóvil en el barro como un troneo escamoso tomaba el sol, los tiradores de arco, apostados entre dos almenas, le largaban certeros saetazos. ¡Tontería! Las flechas rebotaban sobre el caparazón y el monstruo hacía un ligero movimiento, como si en torno de él zumbase un mosquito. La ciudad se despoblaba rápidamente, y hubiese quedado totalmente abandonada á no ocurrírseles á los jueces sentenciar á muerte á cierto vagabundo, merecedor de horca por delitos que llamaron la atención en una época en que se mataba y robaba sin dar á esto otra importancia que la de naturales desahogos. El reo, u n hombre misterioso, una especie de judío que había recorrido medio mundo y hablaba en idiomas raros, pidió gracia. El se encargaba de matar el dragón á cambio de rescatar su vida. ¿Convenía el trato? Los jueces no tuvieron tiempo para deliberar, pues la ciudad les aturdió con su clamoreo. Aceptado, aceptado: la nuierte del dragón bien valía la gracia de un tuno. Le ofre ieron para su empresa las mejores armas de la ciudad, pero el vagabundo sonrió desdeñosamente, limitándose á pedir algunos días para prepararse. Los jueces, de acuerdo con él, dejáronle encerrado en una asa, donde todos los d í a s e n t r a b a n algunas cargas de leña y una regular cantidad de vasos y botellas recogidos en las principales casas de la ciudad. Los valencianos agolpábanse en torno de la casa, contemplando de día el negro penacho de humo, y por la noche el resplandor rojizo qiie arrojaba la chimenea. Lo misterioso de los preparativos dábales fe. ¡Aquel brujo sí (jue mataba al dragón! Llegó el día del combate, y todo el vecindario se agolpó en las murallas, anhelante y pálido de ansiedad. Colgaban sobre las barbacanas racimos de piernas; agitábanse entre las almenas inquietas masas de cabezas. Se abrió cautelosamente un postigo, dejando sólo espacio para que saliera el combatiente, y volvió á cerrarse con la precipitación del miedo. La muchedumbre lanzó una exclamación de desaliento. Aguardaba algo extraordinario en el paladín misterioso, y le veía cubierto con un manto y u n capuchón de lana burda, sin más arma que una lanza ¡Otro al saco! Aquel judío se lo engullía la malhadada bestia en un avemaria. Pero él, insensible al general desaliento, marchaba en línea recta hacia la cueva. Justamente, el dragón hacía días que estaba rabiando de hambre. Quedábase la gente en la ciudad, y la fiera ayunaba, rugiendo al husmear el rebaño humano guardado por. las fuertes murallas. Vieron todos cómo al aproximarse el vagabundo asomaban por el embudo de barro el picudo morro de la fiera y sus rugosas patas delanteras. Después, con un pesado esfuerzo, sacó del agujero el corpachón escamoso por cuyo interior había pasado medio Valencia. Y rugiendo de hambre, abrió una bocaza que, aun vista de lejos, hizo correr un estremecimiento por las espaldas de todos los valen ¡anos. Pero al mismo tiempo ocurrió una cosa portentosa. El combatiente dejó caer al suelo la capa y la capucha, y todo el pueblo se llevó las manos á los ojos como deslum. brado. Aquel hombre era una ascua luminosa: una llama que marchaba rectamente hacia el dragón; un fantasma de fuego que no j) odía ser contemplado más de un segundo. Iba cubierto con una vestidura de cristal, con una armadura de espejos en la que se reflejaba el sol, rodeándolo con un nimbo de deslumbrantes rayos. L a bestia, que iba á lanzarse sobre él, parpadeó temblorosa, deslumbrada, y comenzó á retroceder. El vagabundo avanzaba arrogante y seguro de la victoria, como en la leyenda wagneriana el valeroso Sigfrido marcha al encuentro del dragón Eafner. Los rayos de la armadura anonadaban á la fiera. Sxr espantable figura, reproducida en la coraza, en el escudo. fui. en todas las partes de la armadura con infinito espejismo, la turbaban, obligándola á retroceder. Al fin, cegada, confusa, presa del mareo de lo desconocido, se dejó caer en su agujero, y con un supremo esfuerzo, por conservar su prestigio, abrió la bocaza para rugir ¡Allí cíe la lanza! La hundió toda en las horribles fauces del deslumhrado monstruo, repitiendo los golpes entre los aplausos de la muchedumbre, que saludaba cada metido como una bendición de Dios. Los chorros de sangre negra v nauseabunda mancharon la límpida armadura, y enardecidos por la agonía del enemigo, todos los vecinos salieron al campo. H u b o algunos que por llegar antes se arrojaron de cabeza desde las murallas, siendo con esto las postreras víctimas del dragón. Todos querían ver de cerca al monstruo 5 abrazar al matador. ¡Se salvó Valencia! Desde aquel día comenzó á vivir tranquila. De tan memorable jornada no ha quedado el nombre del héroe, ni siquiera su maravillosa armadura de espejos. Sin duda se la rompieron en plena ovación, al llevarle triunfante de abrazo en abrazo. ÍPero queda el dragón, con su vientre atiborrado de paja, por donde pasaron muchos de nuestros abuelos. Y quien dude de la veracidad del suceso, no tiene más que asomarse al atrio del Colegio del Patriarca, que allí está la malvada bestia como irrecusable testigo. VICENTE BLASCO IBANEZ DIBUJOS BE MÉ DEZ RRINGA