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Tai vez en aquel precoz enfermizo desarrollo de la fantasía influyese el mismo aislamiento á que le condenaban sus latrocinios y la azarosa suerte y las fechorías del padre. Es lo cierto que Caridad creía á pufío cerrado ¿qué es creer? vela. Eli mundo triste y agorero de la vieja mitología galaica le rodeaba á todas horas. El miedo á lo desconocido encogía su alma y derramaba hielo de mortal pavor en sus venas, atrayéndole, sin embargo, con misterioso atractivo, llamándole. Temía y deseaba la aparición sobrenatural, y mientras sus manos mecánicamente recogían lo ajeno, su espíritu inculto sentía el escalofrío del mundo invisible, que nos rodea, y cuyo hálito quejoso se percibe en los murmullos del bosque y en el fluyente llanto del agua Esta noche de invierno, cercana ya la vigilia de los Difuntos, Cmneterra explica á su nieto lo que es la Compaña ó Hueste. -Es una legión de muertos que, dejando sus sepulturas, llevando cada cual en la descarnada mano un cirio, cruzan la montaña, allá á lo lejos, visibles sólo por la vaga blancura de los sudarios y por el pálido reflejo del cirio desfalleciente. ¡Ay del que ve la Compaña! ¡A y d e l q u e pisa la tierra en que se proyecta su sombra! Si no muere en el acto, la vida se le secará para siempre á modo de hierba que cortó la oMca. Quebrantado, sin fuerzas, tocado de extraño mal, contra el cual no existen remedios, irá encaminándose poco á poco á la cueva, porque la Hueste recluta así á los que encuentra en el camino, los alista en sus filas, aumenta su ejército de espectros ¡Infeliz del que ve la Compaña! E n su pobre y frío lecho de hojas de maíz, Caridad se revuelve pensando en la fúnebre procesión. El fuego del lar se ha extinguido; la abuela ronca acurruca ia á pocos pasos; se escucha fuera el gañir del lobo y la queja casi h u m a n a del mochuelo La tentación es demasiado fuerte. De seguro que á estas horas desfila por el monte, en doble hilera de luces, la gente del otro mundo. ¡Verla! Caridad no se acuerda de que verla es morir. Quizás no le importa. El apego á la vida no nace tan temprano; el arbolillo sin raíces no se agarra á la corteza terrestre. El miedo en Caridad es como un espasmo: su alma estremecida teme y desea á la vez. Y deslizándose de la dura cama, á tientas va hacia la puerta, abre el cancel, se asoma y mira. Velada la luna, antes esplendente, por nubarrones de trágica forma, negrísimos, los objetos aparetten (tonfusos, las manchas de la arboleda se pierden entre la turbieza gris de la lejanía. Caridad, tiritando, echa á andar en dirección á la iglesia. Sin darse cuenta del por qué, supone que la Hueste ronda las tapias del cementerio. Lo singular es (jue, al ir en- ÍÍN busca de la procesión de las almas, el chiquillo tiembla, sus dientes castañetean, sus pupilas se dilatan, su sangre se cuaja, su corazón por momentos cesa de latir. Y, sin embargo, anda, anda, fascinado, ansioso, pisando la escarcha con descalzos pies, amoratados y rígidos. Allá, donde se alza el muro del camposanto, una claridad difusa, unos lampos de luz verdosa le llaman con palpitaciones de mortaja flotante y con humaredas de cirio que se extingue. Allí está de seguro la Hueste... Ya cree verla, verla distintamente, y hasta escucha reprimidos sollozos, ahogados gritos que pueden confundirse con la ironía de la carcajada brutal Sin transición, sin espacio á decir Jesús, á llamar á su madre como la llaman los heridos de muerte, Caridad se desploma. A n n mismo tiempo le ha partido la cabeza un garrotazo y le h a abierto la garganta el corvo filo de una céltica hisarma, que á la vez (jue degüella sujeta á la víctima. La sangre, caliente, se coagula sobre la helada superficie del terruño. Los mozos se retiran, dejando tieso allí al ladronzuelo, y mm- inurando, serios ya, -porque no liabían pensado ir tan lejos, ni hu oiosen ido á no mediar el mosto rmevo y la vieja caña: -Quedas escarmentado. EMILIA P A K D O DIBUJOS UE REGIUOK BAZAN jiH- y Tin