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f; v 3 vc ís M V 4 jij mi nll u; El compañero que me contó esto, díjome que eran tres almas muy ruin as las si yas. Así debía de ser, y aún algo más, porque llamando un día aparte Guill armo, que era el menor, á su hermano Bernardo, que era el mediano, le propuso, sin ambages ni rodeos, deshacerse de su otro hermano Ramón, el primogénito. -Mientras él viva- -dijo Guillermo, -ninguno de nosotros dos podrá optar á la mano de nuestra dama. E s el mayor, y siempre sus derechos de primogenitura, serán estorbo á nuestros planes y valla á nuestros deseos. Muerto él, quedamos los dos iguales- y podemos fiar á la suerte la felicidad de uno de los dos. El que pierda. abandonará el campo y partirá á la guerra. Bernardo aceptó la idea de Guillermo. Quedaron en que á los dos días propondrían á su hermano mayor una partida de caza, y que Bernardo escogiera u n momento de descuido para dar de puñaladas á Eamón. Así fué. Divagando por el bosque, bajóse Ramón un instante á coger una planta aromática, y aprovechó la ocasión Bernardo para hundirle su daga hasta el puño y tenderle cadáver. Cometido el crimen, iba el fratricida á llamar á Guillermo para decirle que ya no tenían rival, cuando de repente dio u n grito, se echó para atrás, extendió los brazos, batió el aire con las manos, y cayó cuan largo era junto al cuerpo de su hermano. Una saeta, disparada por una mano diestra, acababa de. clavarse, en mitad de su pecho. La mano que había dirigido la saeta era la de Guillermo. Acercóse éste al lugar donde yacían sus hermanos, aseguróse de que estaban bien muertos, volvió luego tranquilamente la espalda á los cadáveres, y comenzó á bajar muy despacio la cuesta en cuya cumbre se acababa de cometer el doble fratricidio. Rato hacía ya que bajaba muy satisfecho y con la idea de que era dueño de la d a m a de sus amores, cuando oyó sonar un extraño rumor á sus espaldas. Volvió la cabeza. E r a un torrente, aparecido de pronto, que lanzaba por entre las peñas sus olas mugidoras. No recordaba haber visto jamás ningún torrente en aquel sitio, ni cauce abierto para curso frecuente de las aguas. El cielo, por otra parte, estaba sereno, y en él no se veía una nube. Lo encontró muy raro, pero. no le preocupó el caso, embargada como tenía su imaginación en cosas para él de más substancia. Vino en esto un grueso arroyo, como destacado del torrente, á cortarle el paso, y Guillermo metió el pie en el agua para ganar la otra orilla. Lo que bañaba sus, pies no era agua: era sangre. Sangre que bajaba á oleadas como un rio, impetuosa y bullente, del sitio mismo en que habían sido asesina, dos sus hermanos. Guillermo palideció; sus cabellos se erizaron; u n sudor frío corrió por su frente. Echóse fuera con los pies ensangrentados, á tiempo que comenzó á descargar u n impetuoso aguacero. Levantó la cabeza para mirar el cielo. Estaba sereno, y lo que llovía no era agua tampoco: era sangre. Guillermo volvía á todas partes sus ojos espantados. No vio más que sangre. Sangre el torrente que bajaba, sangre la lluvia que caía, sangre los arroyos que cruzaban por el monte, sangre las gotas que se desprendían de las hojas de los árboles. Sangre á torrentes por todos lados. Y el cielo espléndido. La mirada de Guillermo empezó á turbarse; su mente á confundirse. E n esto, parecióle ver á sus hermanos, que, cogidos del brazo, bajaban hacia él sañudos y amenazadores, los vestidos ensangrentados y el rostro cadavérico, y Guillermo entonces echó á correr, á huir á toda prisa, buscando m a ñera de sustraerse á la tremenda visión. Todo fué inútil. Cuanto más corría, más arreciaba el aguace ro de sangre y más de cerca le seguían sus hermanos con su cara de csdiiver y sus ojos centelleantes. Muerto apareció al día siguiente al pie de un barranco. Desde entonces, aquella cuesta, empapada en sangie de dos hermanos, ejipezó á tomar el color éncar nado que le dio nombre y memoria de Cuesta Roja. DIBUJOS IJE VÁRELA VíOTOE BALAGUEE