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¡UU f- jyv ív- S ms: m TM kM Nci c- c L 3 V L Cuando cierro los ojos, y por un esfuerzo supremo de memoria, á que ya estoy muy acostumbradOj recuerdo y veo la época de mi juventud, y vuelvo más tarde á abrirlos y veo lo que hoy ocurre, vive y pasa, se me figura que estoy en un mundo distinto. Quince ó dieciocho días h u b e de emplear yo, en galera, cuando fui por primera vez á la villa del oso y del madroño. Fui en galera, y estuve cuatro días desde Barcelona á Figueras, trecho que hoy recorre el expreso en poco más de tres horas. Mi primera jornada fué á Mataró, la segunda á Cale 11 a, la tercera á Gerona, y hasta el cuarto día no llegamos á Figueras. ¡Qué horror de viaje! -dirán algunos al leerme. ¡Qué delicia de viaje! -digo yo ahora, todavía metido acá, en la soledad de mis añoranzas y vejeces. E n t r e Gerona y Figueras existe un lugar montuoso, de aspecto sombrío, con algo de misterioso y fúnebre. La tierra es de color rojo y muy subido. Nos apeamos de la galera, lo cual hacíamos con fre uoncia, p a r a emprender á pie, en amena y sabrosa conversación, la pendiente de una cuesta. ¿Sabe usted c: ómo se llama el sitio en que ahora nos encontramos? -me preguntó un compañero de viaje, que era del país. -No, señor. -Se llama Costa Soja (Cuesta Roja) ¿Y bien? -le dije, como si aguardara algo más. -Es un nombre muy raro- -prosiguió. -Proviene del color de la tierra, que, como usted ve, es de un rojo tan encendido, que en ciertos puntos parece sangre, sobre todo allí donde se escarba un poco. E n el país hay un cuento referente á este lugar. ¿Quiere saberlo? -Venga. Y recogí de siis labios y apunté en mis notas de viaje una tradición, que quise guardar para escribir sobre ella una leyenda, pues es de saber que á los quince años ya andaba yo en trotes literarios, lo cual, si pudo ser causa de mi embeleso allá en mis mocedades, de mi amargura es hoy y de remordimiento acá en mis vejeces. Terminado el viaje, las notas quedaron olvidadas y fueron al fondo de un arca antigua, de donde, por rebusca de papeles, hoy salen y rediviven, viejas, polvorosas, arrugadas y amarillentas. Más de medio siglo han permanecido enterradas en el polvo, y con ellas el bosquejo de la nonata leyenda. No me parece que hayan de guardarse ya p a r a mejor ocasión. Nai- raré el cuento en rudo según me fué narrado y aparece en las notas; otro, si tiene gusto en ello y barro á mano, podrá escribir la leyenda. Así, pues, según mi compañero de viaje, en otro tiempo había existido por aquellas cercanías u n castillo, ya de olvidado recuerdo, cuyos últimos señores fueron tres hermanos á cual más gallardo en apostura y más diestro en armas. Se llamaban Ramón, Bernardo y Guillermo. Los tres andaban prendados de una hermosa dama, y bebían los vientos por ella. Era una mujer como tantas otras se han visto, que gozaba en hacer morir de amor á cuantos la veían, y en hacer morir de celos á cuantos la amaban. Los tres hermanos cayeron á sus pies y le confesaron su amor, pidiéndole su coi- azón y su mano. Contestóles la dama muy cuerdamente que no era cosa de casarse los tres con ella; que su corazón y su mano sólo podían pertenecer á uno, y como los tres le eran perfectamente iguales, en la imposibihdad de elegir entre ellos, sería de aquel que mayores méritos contrajese para alcanzarla. Miráronse los tres hermanos uno á otro, y cada uno pensó que nada hubiera faltado á su felicidad, á no ser por el otro. La desunión estalló entre ellos, desconfiaron uratuamente, se maldijeron en secreto, se afrentaron en piiblico, J i 1