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¡Güeña la hemos hechu! Ya no pueo comprar ná, porque e s tarde y m e tengo que dir. Entregaré á mi mujer y á Quioa el dinero, y que compren ellas lu que quieran á su gusto. -No se vaya usted tan pronto, que ahora nos toca á nosotros corresponder á la convidada con otras copas. -Otra día será; no quiero pasar de nochi por la Charca de las Brujas, porque hoy es sábao. ¿Y qué charca es esa? -Una que hay en lo alto de la sierra, á la orilluca del camino. Allí tóos los sabaos por la nochi se ajuntan las brujas pa dir á Sevilla montas en palos d e escoba, y ¡pobrucos de los que pasen po allí cuando ellas están reunías! ¡En el nombre del Pae, del Hijo y del Esprito Santo! -Vaya, pues, la despedida; u n par de copas nada nrás. El par de copas se prolongó hasta dos ó tres pares, y luego el tío Gorio se apretó la faja, que s e le había lesceñido, se puso derecha la boina, se colgó al hombro la chaqueta y se despidió de sus nuevos amigos, que le dijeron: -Lleve usted buen viaje, y muchos recuerdos á Quica, que vale m á s qvie el babieca de Tanasio; y si la boda se deshace, aquí estamos cualquiera de los dos p a r a que no se quede soltera, si ella quiere y usted no se opone. ¡Pobretuco de mí! ¡Compasión! Oyó de nuevo la voz cascada que dijo: ¡Arriba con él! -y se sintió el hombre suspendido en el aire; cerró los ojos y pensó aterrorizado: ¡No hay duda, m e llevan á Sevilla las brujas! Después sintió mucho fresco en la cara, como si le dieran aire con u n abanico, y como ie vez en cuando tropezara su cabeza con una cosa blanda, le decía la vieja que iba tras él: -jXo t e asustes, Gorio, que son los murciélagos que nos acompañan á Sevilla! J) e allí á poco rato se sintió chapuzado e n agua, y le dijeron que era el Guadalquivir. Por último, le dieron un fuerte empellón, y cayó á tierra. J joca abajo y sin moverse de ndedo, estuvo hasta el otro día, en que al rayar el alba, disipados y a los va ores alcohólicos, s e atrevió á levantarse, empapado en agua y lodo; reconoció el terreno, y se halló al lado de la famosa Charca d e las. Brujas, viendo allá en el fondo de la hondonada, confusamente, el caserío de su pueblo; buscó el dinero, y no lo encontró, apoderándose d e él una aflicción inmensa; pero, e n cambio, vio en la charca su boina, y allí, sobre el camino, una blusa que le pareció de la misma tela que la que llevaba uno d e los dos mozos q u e le habían acompañado á beber horas antes; pero ni por asomo sospechó que fuera la misma. ¡Otro desdicliau- -pensó Gorio- -martirizan por las brujas, como yo! Cuando llegó á su casa, triste y cariacontecido, le Pavoneado con los elogios y ofrecindentos d e los preguntó Casiana, su mujer: dos guajas, enrprendió el tío Gorio el camino hacia su- ¿Aónde están las conqiras? aldea, sin ver que aquéllos habían salido del pueblo- -No he comprau ná. tras él y le seguían, recatándose para no ser vistos; ¿Pus no has vendió la vaca y la terueruca? i. l -í l Tr -o- -wi Hfc. ríe dos luces, más de noche que de día, á lo alto. Cuando m á s descuidado iba el pobre aldeano, se sintió cogido de repente por los pelos del cogote, mientras una voz cascada de vieja le decía: ¡Desdichado Gorio! ¿No sabes que hoy es sábado? ¡Te has perdido por haber pasado por aquí! ¡Ave María Purísima! ¡Las brujas! -exclamó el pobre Gorio sin atreverse á mirar hacia atrás; -y cayendo de rodillas, trénmlo, sudoroso y despavorido, decía: raba y perjuraba que decía verdad, su mujer y su hija le pusieron de boj rracho y perdido que no había por dónde cogerle; y no fué eso lo peor, sino que el tío Percebes se volvió atrás en el asunto d e l a boda, porque no quería tener u n consuegro embrujado; por lo cual, la pobre Quica decía llorando desconsoladamente; ¡Miá tú si tié razón el siñor cura cuando diz que del plato á la boca se cai la sopa! ¡Qué bien hice en no dar á Tanasio el abrazueo apretau que me pidió en la juente! t JOSÉ Dinu. lOS DE MENDKZ BRINGA ESTRAÑI