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El actual Gobierno g o z a r á como t o d o s de estos gajes y preeminencias del cargo, que en tales días resulta algo peligroso, porque entre tanta excitación á la gula como despiertan tan variados y sabrosos manjares, so necesita tener la austeridad de un anacoreta para no caer en la tentación y ser castigado providencial mente con un cólico. Yo no sé cuál será la golosina más tentadora de cada uno de nuestros ministros actuales, porque no tengo el gusto de tratarles siquiera superficialmente; pero por esa extraña asociación de cosas y personas que á veces hace la imaginación, se me ha antojado que al presidente del Consejo lo que más le gusta es la compotita hecha por las monjas con tropezones de queso manchego, y para contera su copita de licor de rosa con el platito lleno A García Alix deben de gustarle la mojama, los cacaliuets, las castañas pilongas y el palo dulce, como á los chicos del Instituto. De Sánohesí- Tooa sólo sé que no le gustan los pasteles, ó por lo menos les hace melindres. Del ministro de Estado nada me atrevo á adivinar, porque con esos lentes tan gordos que le aislan como una muralla, y con ese rictus tan secóte, no se vislumbra ni lo que piensa, ni lo que siente, ni lo que quiere. Es muy posible que no quiera, ni sienta, ni piense nada. De Tejada Valdosera, si; el turrón es lo que más le gusta, y no repara en clases ni en precios con tal de que sea turrón. En cambio, el turrón de Villaverde tiene que ser de lo más escogido: turrón de la propia yema. Weyler, en fin, se pirra por el coco. Yo no sé si estas presunciones mías respecto á los gustos de los gobernantes serán exactas; por sí ó por no, el día que les convide á comer, que será iin día de éstos, cuando paguen á los maestros ó se levante la supresión de las garantías, me libraré muy bien de poner tales golosinas en la mesa, para evit a r excesos que pudieran traer graves consecuencias al Gobierno, y por ende á la nación. Aparte este peligro, ¡qué hermoso es comer la sopa de almendra desde el Poder! ¡Ah! Si los ministros fuesen hábiles, tenían todas las Nochebuenas ocasión de hacerse populares sin grandes quebraderos de cabeza. Bastaba con que los obsequios gastronómicos que por una puerta reciben de los infinitos amigos á quienes h a n hecho favores ó han empleado, se los entregasen por la otra puerta á los no menos infinitos enemigos á quienes h a n desfavorecido ó declarado cesantes, y tutti contcntti. Ya ven á cuan poca costa se adquiere una popularidad. De todos modos, nuestros ministros estarán pasando una Navidad superior q u e d e s compense con creces de los muchos disgustos sufridos en- las Cámaras oyéndose llamar cosas poco agradables y viéndose constantemente increpados por las minorías, degeogas, de estropeares el estóm: go. Sólo podrá turbar ahora su dicha alguna nubeoilla pasajera, cuando en medio del hervor ide la cena, entre la a l e g r í a d e ios suyos y mientras descuartizan, el pavo, oigan á- alguna- de las varias parrandas populares que durante esta clásica noche recorren Madrid, entoiiár el siguiente v i l l a n c i c o a l compás de almireces, lat a s y panderas: La ílocliebueiia sa viene, la HocliBbuDiia B 6 va, y nosotros nos iremos y no volveremos más. ¡Que son dos copas! Al marqués de Vadillo no sé por qué me figuro que le deben de gustar muchísimo toda clase de dulces; se lo he conocido en la boca. En cambio, el ministro de la Guerra me parece refractario á las golosinas, entre otras razones, porque son poco marciales. Si acaso le gustará la granada, y como licor el Ftim. Sí; eso es: granada y ¡pum! El dulce favorito de AUendésalazar acaso sea el cabello de ángel, porque los dos tienen el mismo pelo, hasta el punto de que cuando se le caiga mía hebra del dulce en la barba, costará trabajo saber cuál es el cabello del ángel y cuál el del ministro. Yo opino que el de Marina es hombre muy poco exigente en materia de confitería, y que se da por muy satisfecho con los caramdos del Connrcso y el vaso de asua con azucarillo xiarlameutario.