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mismo que á la forma poéticay que á la media luna en la culta Europa, que están llamados á desaparecer, pero no responden; es decir, no desaparecen. Mejor dicho, desaparecen á medias ó á cuartos, porque son muchos los que los piden y pocos los que los sueltan. Los aguinaldos, eso sí, son muy antiguos, como todas las cosas malas. Sü historia no se pierde en las tinieblas de la Nochebuena, porque los que se pierden en esas sombras suelen encontrarse en la pre. vención. Pero ya en tiempo de los primeros reyes de Eoma se usaban, aunque. reducidos á las humildes proporciones de regalarse, para festejar el Año Nuevo los modestos nietos de Éómulo, verbena del bosque sagrado, ó higos, dátiles y mieL Después dieron ya en la perniciosa manía de regalarse monedas y medallas de plata, inaugurando de este modo el aguinaldo en forma de pasta mineral, que es el más solicitado hoy entre los gorrones de toda clase de Paseúas; Augusto recibía con suma gratitud las felicitaciones de su pueblo, y no dejaba marcharse á los ciudadanos que acudían á desearle felices entradas de año sin que ellos sacaran algo de los bolsillos de la toga y se lo dejaran como obsequio. Es decir, que á la inversa de la locución vulgar de ir tpor atún y ver al duque iban por ver á Augusto y á soltar el atún I Qué satisfecho se vería el heredero de César entre tantos atunes I- ¡Aguinaldos! -dirá el lector cuando se los piden. ¿Y de dónde vendrá esa palabreja? Pues bien; los aguinaldos van á la taberna y vienen de los celtasi Estos señores tenían la costumbre de regalarse á principios de año fragmentos de muérdago sagrado, 6 sea gui, que así se llamaba en su idioma, segdn todos los filólogos. Los galos siguieron la tradición, y al entregárselos declan: -ffítí Van (esto es, muérdago del afio) i- -y de ese guilan ha venido el aguilando ó aguinaldo y la guilladura: el primero para el que los recibe; para el que los da, la segunda. Vean los lectores qué maravillosa transformación desde el muérdago de los aguinaldos primitivos hasta la peseteja de los aguinaldos contemporáneos que hoy se larga al aguador ó al sereno. Y vean también con qué alto sentido filológico dicen e s t o s individuos al recibirla: Voy á coger el gran ttéráa o Los aguinaldos, al menos con este nombre, no eran populares en España hasta el entrón amiento de la casa de Borbón. En nuestros autores clásicos nó se encuentra esa palabra, lo que con el dato apuntado demuestra su origen galo. Hoy, como antes dijimos, caminan á su extinción, pero no acaban de llegar. Los piden los de la ronda de las alcantarillas á los vecinos de los pisos terceros por su desvelo en librarles de un escalo en ascensor, que sería la única forma de los escalos para tales alturas. En determinados teatros de esta corte, al aproximarse la Navidad, se admiten acomodadores temporeros que levantan una cortina ó abren una puerta y piden. El resto del año esa cortina y esa puerta la levanta ó la abre por sus propios puños el espectador, y no se le ocurre pedirse nada á si mismo. Pasada la Navidad, desaparecen los acomodadores por el aguinaldo lo mismo que si lo hicieran por el escotillón. Alfonso Kar cuenta, ó contó, que en ciertas Navidades recibió la pedigüeña visita de un empleado del alumbrado público, al cual entregó su correspondiente aguinaldo. Al poco tiempo se le presenta otro empleado del mismo alumbrado con la misma petición, y el escritor indignado le dijo: Pero si acaba de estar otro! -Sí, señor, repuso el visitante muy tranquilo. Aquél enciende los faroles, pero yo los apago. El cardenal Dubois, ministro del regente de Francia, respondió á su ayuda de cámara, que le pedía aguinaldo: -Te doy todo lo que me has robado. I Oh i los aguinaldos. ¿Qué ocurrencia les daría á los celtas de andarse por las ramas de la encina sagrada buscando el gui Van? ¿No sería mucho mejor que se hubiesen comido las bellotas Pensar que porque á los druidas se les antojara, tenga hoy un ciudadano que largar una peseta de aguinaldo al limpiabotas. Bien es cierto que nadie la merece como éste, porque se pone á nuestros pies, después que nos sentamos en un sofá, y, á pesar de todo, no nos recita los conocidos versos de Don Juan Tenorio; Porque hay quien pide aguinaldo hasta en verso! Malhayan los celtas, los druidas y los galos!