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LA PRIMERA MISA DEL SIGLO El momento será de una solemnidad abrumadora, de esos augustos que sumen la barba en el pecho, porque la cabeza se cae vencida. Las campanadas de las doce descendiendo como una lluvia lenta desde la torre sobré el Vaticano, sobre la ciudad sagrada, sobre la tierra entera, fecundada perdurablemente por esa destilación del tiempo, símbolo de algo que muere y se extingue; y la mancha purísima de la hostia blanca, con eu palidez de lirio, elevándose en las manos exangües y afiladas del Pontífice como algo etéreo, sin otra consistencia que la de una idea inmortal que flota siempre gloriosa, mientras el siglo que se va, cosa caduca y efímera, rueda á la nada haciendo oir el eco doliente de sus doce últimas gotas de vida. De esta majestuosa manera recibirá la ígUsia, personificada en su augusto pastor León XIII, al nuevo siglo XX; con los dedos de la mano derecha trazando la bendición papal, que cobija millones de seres bumanos; dándole el beso de amor cristiano, el supremo beso venerable de la tiara que santifica, envuelto entre el incienso y las oraciones de la misa de que el hombre se vale para comunicarse con Dios y perfumar sus pies á la antigua usanza; en medio del gran arte clásico, con el pueblo arrodillado á EUS Í lautas, volando por las naves entre los frescos de Miguel Ángel los acordes de los órganos del Eenacimiento; al tintineo suave de la campanilla, que con su argentina nota de plata indica el instante en qué la divina mirada, al subir la forma en el espacio, se clava en la postrada humanidad. Y en ese cuarto de segundo magnífico expirará un siglo, que es la realidad conocida ó impura, y nacerá otro, que es la esperanza inefable en el alba de su ignota promesa. Termina el aüo santo, el año jubilar, el epílogo de oro de un siglo de lucha, en que las cerrazones entoldaron con frecuencia el horizonte de la centuria. Se va un siglo evolutivo, en que sus células creadoras, de una substancia gris admirable, rebasaron casi el límite de los humanos conocimientos, alcanzando punto menos que la perfección; uu siglo que asombrado de sí mismo, de sil refinamiento material, duda y vacila, persuadido de sus alientos de gigante, para escalar el cielo. ¿Qué traerá el que le sucede? Y ahí está, saliéndole al paso, la oración inmutable en la que no caben perfección a mientes porque es perfecta, la mano infalible que en el primer vagido del siglo naciente, durante el estertor de las doce del que sucumbe, pondrá en la frente del nuevo la ceniza de una suprema bendición. I Venga, pues, ese siglo nuevo que ha de regir durante cien años los destinos de la vieja humanidad; siglo esfinge contemplado desde sus albores, con todas sus páginas cubiertas por un velo impenetrable que sólo podrá rasgar la mano de cada día; y arrodillándonos con el pensamiento durante la noche del 31 entre la muchedumbre piadosa que asista á la misa de las doce en la capilla Sixtina, hagan os eco al solemne Salutaris que desde el altar han de dirigirle los labios seniles y augustos del Santo Padre 1 ALFONSO PÉREZ NIEVA DIBUJO DE ANDRADK