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rarse de ella. Y su alma, al escaparse de la carne, tiró de la otra alma pequefia, llevándosela bajo un ala, como la paloma cobija á su polluelo. Tal suelen hacer algunas mujeres reelusas que se llevan á sus hijos á la cárcel. Quien sentía así el amor maternal tenía que sentir intensamente la aflicción de aquellas madres desoladas, y determinó salvar á los inocentes, imitando el alto ejemplo de Dios, que sacrificaba á su hijo por rescatar á los hombres. Presentóse á Satanás y le dijo; -Señor, en tus Estados negros se ha introducido furtivamente un ser, que ni está bajo tu jurisdicción ni padece, por tanto, los tormentos que á los demás nos tocan. JEs un inocente que pertenece al limbo. No apelo á tu justicia; si la tuvieras no serías quien eres. Apelo á tu conveniencia, para que lo destierres de tus reinos. Y declaró el caso á Satanás. El cual, temeroso de que aquel ángel entrado de matute perturbara quizá los asuntos interiores, le dio inmediatamente la libertad. una vez libre y en plena luz, el alma del feto fué atraída por el limbo. Pero no sin pasar antes por la Tierra Santa, donde se detuvo breves momentos: los precisos para avisar de la conjuración y del peligro que corría el nifio Jesús. Ese f ué el ángel invisible que inspiró á José la huida á Egipto. El día de Inocentes fué tan alegre, como la noche de Natividad habla sido azarosa en el infierno. Sabíase en él que los sicarios de Herodes, ejecutando el decreto exterminador del cruel idumeo, degollaban á los niños cuya edad correspondía á la de Jesús. Las águilas romanas se habían esparcido como buitres hambrientos por las ciudades y campiñas de Judea en busca de la carnaza. La soldadesca de los centurias iba pintada de sangre y sus espadas se habían ya mellado en los huesos de los inocentes. No movían á misericordia ni el terror de aquellos rostros infantiles ni el llanto de aquelias madres arrodilladas. La que huía con su hijo en brazos era alcanzada; la que lo defendía caía en tierra, cercenadas las manos ó heridos los pechos con que amparaba á su pequeñuelo. Y entretanto, allá en los profundos, los demonios congregados en banquete burlesco, respondían á los lamentos de Jada con cánticos de gozo, que debían de estremecer las bóvedas y los atrios del pretorio de Jerusalén. Cada noticia de la matanza se festejaba con vítores que parecían rugidos de manada de panteras y con aplausos que parecían tableteo de las tronadas. Y levantando las copas hechas de cráneos y llenas de sangre espumante á guisa de vino, se brindaba por los Césares de Roma, adoradores de los ídolos, y por el gran Herodes, perseguidor del cristianismo en su cuna. I Ah! ignoraban todavía que la única presa perseguida iba salvada, salvada desde el mismo in- fierno por la noble traición de aquella mísera condenada que en un rincón de las cavernas lloraba con las madres de Judea y se alegraba con la madre de Cristo. Ignoraban que allá por los desiertos de la Arabia, y después por las lenguas de tierra que lamen el Mar Bojo, caminaba el Nazareno huido w. y en los brazos temblorosos de María. Dios no ol ¿f X vida á los que le sirven: da ciento por uno. Y el Dios de la justicia, premiador délas buenas obras, sacó el alma infantil del limbo y la envió al infierno con permiso y poder para tirar del alma de su madre como la madre amorosa había tirado de la suya. Y redimidas ambas, comparecieron ante la divina presencia. -Pude- -les manifestó el Omnipotente- -salvar á mi Hijo del riesgo de morir, y cuando muriera, resucitarle después de muerto. Pero si en cuanto es Dios velo por su espíritu celestial, he querido dejarle, en cuanto es hombre, seguir como los demás los destinos de la carne mortal. Salvándole me habéis agradado, y premio en vosA í otros, no el servicio innecesario, sino las buenas M intenciones que abren el cielo. -f Tú has sido la; primer cristiana, porque has J? sido la primera en llorar los dolores y sentir el j ¿r amor del prójimo, y la primera en sacrificar el l, tuyo por el ajeno. Por eso serás también la primera en gozar de la redención que hoy empieza, rescatándote de los poderes infernales. Te res cata tu amor materno, único comparable con el i ¡ffeA mío, porque es como él, desinteresado é inagof í 4 table. Volved á la tierra; seguid á mi Hijo y él os mostrará las gracias que os otorgo. Y efectivamente. Cristo amó á los niños y los llamó á sí. Y á los niños les está concedida la j- gracia de salvar del pecado á sus madres, que se mantienen en continencia y se regeneran por el li. amor de los pequeños, y se convierten á la virtud y al trabajo y al sacrificio por ellos. Y Cristo enalteció á la madre cristiana y la igualó al hombre y la sacó del estado de cosa que tenía en el paganismo, y la dio al esposo como compañera y no como sierva, y le mandó vi 5 que la amara como Cristo amó á su Iglesia, y yt transformó en sacramento lo que era contrato de compra, y dignificó el matrimonio aboliendo y la poligamia y el repudio de la ley antigua, y constituyó en familia lo que era rebaño doméstico, dando á la mujer la cabecera del hogar cristiano. Satanás volvió á llorar y el infierno volvió á consternarse como la noche de Natividad, comprendiendo tardíamente que habían hecho un malísimo negocio con la maquinación contra los Inocentes. EUGENIO SELLES De la R. Academia Español DIBUJOS D a MÉNDEZ B B I N O A imam