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LA NATIVIDAD Y LOS INOCENTES La noche de Bethleem, aquella en que, cumpliéndose las profecías, nació el Cristo, redentor del linaje humano, íaé noche de desolación en el infierno. Satanás, en vez de rugir y echar espuma negra por la l30 ca, como suele en sus arrebatos de ira, se puso á temblar de miedo, y después gimió y vertió lágrimas tan rojas y abundantes, que parecían el chorro de metal derramado de un horno de fundición. Y no resulta inadecuado el símil, porque allá en lo interior de su pecho, horno de las pasiones gigantescas, se fundía algo que vive aún en los condenados á pena perdurable: la esperanza. Los grandes demonios de la corte infernal, aquéllos que no se alteraban cuando le oían rugir, por ser éste au lenguaje común, se sobrecogieron de espanto al verle llorar, sospechando sucesos de inusitada gravedad y subversiones de todo el orden del universo. ¿Por qué lloras? -le preguntaron con terror. ¿Por qué lloras, rey de la soberbia, tú que no lloraste cuando perdiste el cielo? -Porque duele menos perder la dicha cierta que perder la esperanza. ¿Pues qué, esperabas todavía la felicidad y la redención? -Ni las aguardo, ni las busco, ni las quiero. Sería indigno de mí pretender el bien ni para mí mismo. Pierdo la felicidad satánica, la felicidad de hacer infelices á los demás; pierdo la esperanza de los malos corazones, la esperanza del daño ajeno, la de la venganza. No quiero mi redención, pero tampoco quiero la del hombre. Y yo estaba vengándome de Dios cada vez que le robaba su hechura predilecta, las almas de sus hijos, trayéndolos á mi servidumbre. Y á esta hora, entre la escarcha del invierno y las obscuridades de la noche, acaba de nacer el que viene á redimirlos. ¡Un recién nacido! üna estatuilla de tierra! ¿Y qué puedes temer de un engendro de hembra frágil? Le seduciremos; también sedujimos á Adán, y nació directamente de Dios. -Este también nace directamente. Ni aun nace; porque estaba ya creado desde lo eterno. Es su propio hijo. Y lo hace hombre y lo envía entre los hombres para que padezca, para que muera por ellos y los redima con su sacrificio, y con su predicación lea enseñe el camino que los aparta de nosotros. ¿Tanto! quiere Dios á los liombres, que les sacrifica au propio hijo? Oh amor infinito! -Pues aprendamos de él lo que podemos aprender: el odio infinito. I, a consternación de Satanás se transmitió rápidamente á todas las regiones del abismo, y en corros y asambleas se trató de impedir la redención. ¿Pero cómo? El gran consejo de magnates c propuso al señor de las tinieblas que enviase al mundo una legión de demonios para matar al recién nacido, dado que aun siendo hijo de Dios revestía forma humana, sujeta á la muerte. Pero bien pronto se tocó la imposibilidad de conseguirlo. La persona de aquel niño sagrado era inviolable ó intangible para la mano de los demonios. El nimbo de gloria que circundaba su cabeza como corona imperial, insignia de su origen excelso, ahuyentaba á los demonios y les impedía con sus celestes resplandores acercarse y aun mirarle cara á cara. El contacto infernal no le alcanzaba. Y resolvieron dar la batalla de flanco, cometiendo la empresa á los hombres de corazón iracundo, que son muchas veces ejecutores involuntarios de los designios diabólicos. Entonces fué tentado Herodes. En su mente cayó, sugerida por los espíritus diabólicos, como cae en la sangre la semilla de infección lejana, el pensamiento déla degollación de todos los niños, entre los cuales había de estar necesariamente Jesús de Galilea. La resolución fué publicada inmediatamente para apaciguar á las turbas, que celebraron con regocijos la sabiduría de Satanás. Sólo faltó la alegría en un rincón de las cavernas. En aquel rincón se reunían las mujeres reprobas que habían sido madres en el mundo. Eran novicias en los claustros infernales á donde acababan de descender. Sus almas conservaban todavía frescas y vivas las memorias de la tierra, como el cuerpo retiene después de muerto el calor de la vida. Se prolongaban en ellas la sensibilidad y el amor, y recordaban que los hijos pequeños dejados allí arriba serían ciertamente inmolados. Por eso lloraban con tal amargura, que conmovieron y pusieron de su parte á toda la legión femenina del infierno, la cual, primero suplicante y después amotinada, se presentó ante Satanás pidiéndole la revocación de sentencia de muerte. El demonio las desatendió con aspereza, reprendiéndolas además en estos términos: -Bien estuviera que pidiesen esa gracia de amor las mujeres que van al cielo, porque lo ganaron con sus virtudes de familia. Pero el infierno no es lugar de amor ni á él vienen los que lo sintieron. ¿Ni qué interesan los hijos á las depravadas que los deshonraban con sus pecados y los pervertían con su ejemplo? Y salieron del aposento soberano expulsadas, pero no rendidas. Antes bien, se conjuraron entre ellas para deshacer la conjuración del infierno. Había entre aquellas mujeres una que fué en el mundo madre tiernísima, dulce enamorada de la maternidad, con tanto extremo, que por no apartarse de su hijita se la trajo consigo al infierno. Murió estando en cinta y cuando dentro de su ser bullían dos almas: la suya propia y la de la hija de sus entrañas. La pobre agonizante sufría, más que el dolor de su muerte, el dolor de sepa-